Esteban

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  • Publicado : 3 de octubre de 2010
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-Pues bien, señor Bintrey -prosiguió Wilding, guardándose el pañuelo y pasándose los dedos por los párpados-, ahora que ya no puedo demostrar mi amor y respeto a la madre querida hacia la que se sintió atraído misteriosamente mi corazón cuando ella me habló por pnrnera vez, como una señora extraña, mientras estaba yo sentado a la mesa un domingo en la Inclusa, al menos puedo demostrar que no meavergüenzo de haber sido expósito, y que yo, que nunca conocí a mi padre, quiero ser un padre para todos mis empleados. Por lo tanto -continuó Wilding, entusiasmado con su locuacidad-, por lo tanto, necesito un ama de llaves muy buena, que se encargue de esta vivienda de Wilding y Cía., Comerciantes de Vinos, Esquina de los Lisiados, de modo que pueda yo restablecer aquí algunas de las antiguasrelaciones que había entre dueños y empleados. De manera que pueda yo vivir en ella, en el mismo sitio donde se produce mi dinero. Para sentarme todos los días a la cabecera de la mesa, en la que comerán juntos mis empleados, y comer yo también del mismo asado y de los mismos guisos, y beber de la misma cerveza. Deseo que mis empleados se alojen bajo el mismo techo que yo. Quisiera que pudiésemostodos juntos… Le pido perdón, señor Bintrey, pero de pronto se me ha metido en la cabeza ese zumbido que me da a veces; le agradeceré que me lleve hasta la bomba.
Alarmado el señor Bintrey al ver tan colorado el rostro de su cliente, no perdió un instante y le condujo al patio. Resultó fácil, porque la oficina donde estaban hablando daba a ese lugar, situado al lado de la vivienda. Una vez allí, elabogado le dio a la bomba de agua con ganas, obedeciendo a una señal de su cliente; éste se mojó la cabeza y la cara con las manos, y se bebió un buen trago de agua. Después de tomar estas medicinas aseguró que se encontraba mucho mejor.
-No se excite con sus buenos sentimientos -dijo Bintrey cuando volvieron a la oficina, mientras el señor Wilding se secaba con una toalla colocada detrás de unapuerta interior.
—No, no. No lo haré. No me excitaré —contestó, mitrando por entre los pliegues de la toalla—. No he sido confuso en lo que he dicho, ¿verdad?
-¡En absoluto! ¡Ha sido usted perfectamente claro!
-¿Por dónde iba, señor Bintrey?
-Bueno, estaba usted diciendo… pero yo en su lugar no me excitaría volviendo tan pronto a hablar del asunto.
-Tendré cuidado. Lo tendré. ¿Por dóndeíbamos cuando sentí ese zumbido en la cabeza, señor Bintrey?
-Por el asado, el guisado y la cerveza -contestó el abogado, como si hiciera de apuntador—, viviendo bajo el mismo techo… y todos juntos…
-¡Ah, sí! Y todos cantando juntos…
-¿Sabe una cosa?, yo en su lugar no dejaría que me excitasen mis buenos sentimientos -volvió a insinuar el abogado con inquietud—. Pruebe un poco más el remedio de labomba.
—No hace falta, ahora no. Bien, señor Bintrey. Todos juntos formando una especie de familia. Verá, señor Bintrey, en mi niñez no estaba acostumbrado a esa clase de existencia individualista que ha llevado más o menos la mayor parte de las personas durante su niñez. Pasada aquella época, concentré toda la atención en mi querida y difunta madre. Después de perderla, compruebo que soy más aptopara formar parte de un conjunto que para estar aislado en mí mismo.
Ser así, y cumplir al mismo tiempo con mi deber hacia quienes dependen de mí, y ligarlos a mí, es algo que tiene un aire patriarcal y agradable. No sé lo que le parecerá a usted, señor Bintrey, pero eso es lo que me parece a mí.
-No soy yo la persona importante en este asunto, sino usted -contestó Bintrey-. Por tanto, importamuy poco mi parecer.
-A mí me parece una idea optimista, útil y encantadora —dijo entusiasmado el señor Wilding.
-¿Sabe una cosa? -insinuó nuevamente el abogado-, yo, de verdad, no me ex…
-No lo haré. Y luego está Haendel.
-Está ¿quién? -preguntó Bintrey.
-Haendel, Mozart, Haydn, Kent, Purcell, el doctor Arne, Greene, Mendelssohn. Me sé de memoria los coros de los himnos de la colección que...
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