Estrella de babilonia

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  • Publicado : 27 de febrero de 2012
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BARBARA WOOD

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LA ESTRELLA DE BABILONIA




ÍNDICE

Prologo 3
Capítulo 1 7
Capítulo 2 15
Capítulo 3 21
Capítulo 4 30
Capítulo 5 39
Capítulo 6 48
Capítulo 7 55
Capítulo 8 66
Capítulo9 77
Capítulo 10 83
Capítulo 11 91
Capítulo 12 103
Capítulo 13 122
Capítulo 14 130
Capítulo 15 141
Capítulo 16 153
Capítulo 17 160
Capítulo 18 166
Capítulo 19 177
Capítulo 20 183Capítulo 21 193
Capítulo 22 201
Capítulo 23 209
Capítulo 24 224
Capítulo 25 232
Capítulo 26 242
Capítulo 27 245
Capítulo 28 252
Capítulo 29 274
Capítulo 30 282
Capítulo 31 286Capítulo 32 289
Capítulo 33 295
BIOGRAFIA 309



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Prologo



Alejandría, Egipto, 332 de nuestra era


En la oscuridad del pasadizo secreto, la sacerdotisa no osaba descansar pese a que las piernas le dolían de un modo terrible. La muerte le pisaba los talones, aunque no solo a ella, sino a todos. Debía avisar a losdemás.
La Biblioteca estaba ardiendo.
Dio un traspié, se arañó el hombro desnudo contra la pared áspera y estuvo a punto de caer. Sin embargo, logró mantener el equilibrio y siguió corriendo, casi sin aliento. Aun allí, a una distancia prudencial, percibía el calor y aspiraba el humo del incendio. ¿Conseguiría llegar hasta los demás a tiempo?




Mientras se enjuagabalos aceites calientes de la piel desnuda, Philos se preguntó cómo podía haber tenido la fortuna de atraer a la criatura más hermosa del mundo. Por supuesto, Artemisia discreparía de él, quejándose de que tenía el rostro demasiado redondo y la nariz demasiado chata, pero a los ojos del Sumo Sacerdote, era bella como la luna. Bastaba con contemplar una vez su luminosidad para sucumbir a su hechizo.Acababan de hacer el amor, y Artemisia yacía en las aguas perfumadas de su baño privado. Cuando salieran regresarían por separado a la Biblioteca para reanudar sus tareas sagradas sin que nadie se enterara de su amor prohibido.
Artemisia alzó la mirada hacia él entre el vapor del agua. Philos siempre se quitaba la peluca cuando visitaba su lecho. Como todos los sacerdotes,llevaba la cabeza rasurada, lo cual le confería aspecto de águila, sobre todo en combinación con su imponente nariz, que Artemisia adoraba. Philos era el hombre más apuesto sobre la faz de la tierra y era suyo.
Si pudieran casarse...
Pero sus vidas estaban consagradas al servicio de la Biblioteca y a su misión secreta desde antes de su nacimiento. De pequeños habían hecho voto decastidad, un voto fácil de pronunciar para un niño, que nada sabe del amor físico. Si su romance ilícito llegaba a descubrirse, serían expulsados del sacerdocio, obligados a separarse de sus familias y desterrados al desierto para morir allí.
Philos se volvió con ademán brusco. Había oído un sonido al otro lado de la puerta. ¡Alguien se acercaba!
Artemisia también lo oyó.— ¡Escóndete! —advirtió.
Demasiado tarde. La puerta se abrió de par en par, y por ella entró una sacerdotisa de la Biblioteca, la túnica blanca rasgada a la altura del hombro, el rostro contraído en una mueca de terror. No reparó en la presencia del Sumo Sacerdote en los aposentos de Artemisia.
— ¡La Biblioteca está ardiendo!
De repente olieron el humo, y al...
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