Estudiante

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  • Publicado : 15 de enero de 2011
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La lluvia duro toda la noche, al día siguiente, cuando bajaron a almorzar, encontró de nuevo la mancha sobre el piso.
 -No creo que tenga la culpa el limpiador -dijo Washington-, debe de ser cosa del fantasma.
 Al otro día, había reaparecido.
 Y, sin embargo, la biblioteca permanecía cerrada la noche anterior, llevándose arriba la llave misterss Otis.
 Desde entonces, la familia empezó ainteresarse por aquello.
 Míster Otis se hallaba a punto de creer que había estado demasiado equivocado negando la existencia de los fantasmas.
 Misterss Otis expresó su intención de afiliarse a la Sociedad Psíquica, y Washington preparó una larga carta a míster Myers y Podmone, basada en la persistencia de las manchas de sangre cuando provienen de un crimen.
 Aquella noche derrochó todas las dudassobre la existencia objetiva de los fantasmas, la familia había aprovechado la frescura de la tarde para dar un paseo en coche.
 Regresaron a las nueve y cenaron. La conversación no recayó ni un momento sobre los fantasmas, de manera que faltaban hasta las condiciones más elementales de «espera» y de «receptibilidad».
 Los asuntos que discutieron, por lo que luego he sabido por misterss Otis,fueron simplemente los habituales en la conversación de los americanos, no se trató para nada de lo sobrenatural.
 A las once, la familia se retiró.  A las doce y media estaban apagadas todas las luces, poco después, míster Otis se despertó con un ruido singular en el corredor, fuera de su habitación, parecía un ruido de hierros viejos, y se acercaba cada vez más, se levantó en el acto, encendióla luz y miró la hora, era la una en punto. Se tomó el pulso y no lo encontró nada alterado. El ruido extraño continuaba, al mismo tiempo se oía el sonar de unos pasos.
 Míster Otis se puso las zapatillas, tomó un frasquito alargado de su tocador y abrió la puerta, vio frente a él, a un viejo de aspecto terrible, sus ojos parecían carbones encendidos, una larga cabellera gris, sus ropas, de corteanticuado, estaban manchadas, de sus muñecas y de sus tobillos colgaban unas pesadas cadenas.
 -Mi distinguido señor -dijo míster Otis-, permítame que le ruegue vivamente que se engrase esas cadenas. Le he traído una botella del engrasador
El fantasma de Canterville tiró, lleno de rabia, el frasquito contra el suelo encerado y huyó por el corredor, cuando llegaba a la escalera de roble, se abrióde repente una puerta. Aparecieron dos siluetas infantiles, vestidas de blanco, y una voluminosa almohada le rozó la cabeza.
Llegado a un cuartito secreto del ala izquierda, se adosó a un rayo de luna para tomar aliento, y se puso a reflexionar para darse cuenta de su situación.
 Jamás en toda su brillante carrera, que duraba ya trescientos años seguidos, fue injuriado tan groseramente.
 Seacordó de la duquesa viuda, en quien provocó una crisis de terror, recordó igualmente la noche terrible en que el bribón de lord Canterville fue hallado agonizante en su tocador. Todas sus grandes hazañas le volvían a la mente.
 Vio desfilar al mayordomo que se levantó la tapa de los sesos por haber visto una mano verde tamborilear sobre los cristales.
 Llegó a la conclusión de que era precisotomarse la revancha, y permaneció hasta el amanecer en actitud de profunda meditación.
III capitulo:
A la mañana siguiente el almuerzo reunió a la familia Otis, se discutió acerca del fantasma.
-No quisiera en modo alguno injuriar personalmente al fantasma –dijo Washington-, dada la larga duración de su estancia en la casa, no era nada cortés tirarle una almohada a la cabeza.
 Siento tener quedecir que esta observación tan justa provocó una explosión de risa en los gemelos.
En el resto de la semana no fueron molestados, lo único que les llamó la atención fue la reaparición continua de la mancha de sangre sobre el piso de la biblioteca.
 Era realmente muy extraño, tanto más cuanto que misterss Otis cerraba la puerta con llave, igual que las ventanas, los cambios de color que sufría la...
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