Familia y discapacidad

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DIRECTORIO FRANCISCANODocumentos Eclesiásticos | |

Conclusiones del Congreso sobre la familia y la integración social de los niños discapacitados 
(Consejo Pontificio para la Familia y otros, Ciudad del Vaticano, 2-4 de diciembre de 1999)  |

. |  INTRODUCCIÓNPor iniciativa del Consejo pontificio para la familia, del Centro educación familiar especial (CEFAES) y del Programa Leopoldo,diversos expertos, médicos, psicólogos, profesores universitarios, profesionales, responsables y miembros de asociaciones para discapacitados y sus familias, nos reunimos del 2 al 4 de diciembre de 1999 en la antigua Sala del Sínodo, en la Ciudad del Vaticano, para profundizar en el papel que desempeña la familia en la integración del hijo discapacitado en la sociedad, prestando atención particulara la discapacidad mental (las intervenciones pronunciadas durante el Congreso se publicarán íntegras en la revista «Familia et Vita»).El documento de la Santa Sede del 4 de marzo de 1981, con ocasión del año internacional de las personas discapacitadas, afirmaba que toda la acogida amorosa y el cuidado que la familia podía dar al hijo discapacitado mental debía tener como finalidad facilitar sufutura participación en la vida de la sociedad. Dieciocho años después de ese documento, teniendo en cuenta las transformaciones y los cambios que se han producido desde entonces en nuestra sociedad, podemos preguntarnos hasta dónde hemos llegado en este ámbito.LA SITUACIÓN ACTUAL DEL NIÑO DISCAPACITADO EN SU FAMILIALa dignidad del niño discapacitado y su fundamentoEl primer problema que encuentrahoy el hijo discapacitado mental en su inserción en la sociedad, en el momento en que trata de vivir de modo más autónomo en relación con su familia, consiste en que esta sociedad muchas veces no está muy bien dispuesta a acogerlo en cuanto persona humana, sujeto de derechos inviolables. En realidad, la persona discapacitada encuentra a menudo dificultad para ejercer su derecho a vivir en lasociedad, a compartir espacio, trabajo y vivienda con los que no padecen discapacidad mental. Esa falta de disposición a acoger al discapacitado mental por parte de nuestra sociedad parece vinculada, en parte, a una percepción ofuscada de la dignidad intrínseca del ser humano discapacitado.El documento de la Santa Sede de 1981 ponía, con razón, como principio fundamental el hecho de que el discapacitadoes «un sujeto humano con pleno derecho», revestido de la «dignidad única, propia del ser humano». Sin embargo, esta noción de la dignidad eminente del ser humano viene de una antropología precisa: la antropología bíblica, del hombre «creado a imagen de Dios» (Gn 1,27), caído en el pecado, pero rescatado, salvado con la muerte y la resurrección de Jesucristo y llamado a caminar hacia su comunióncon Dios, en Jesucristo, imagen perfecta del Padre. La clave de la dignidad del hombre no se halla en su autonomía ni en su razón ni en su capacidad de decisión ni en crear su propio universo; más bien, se encuentra en esta realidad: el hombre como persona humana, la única criatura que Dios quiso por sí misma (Gaudium et spes, 24); ha sido «plasmado por las manos de Dios», «el mismo Dios leinfundió su aliento vital», según la hermosa imagen del libro del Génesis (cf. Gn 2,7); y, además, es «capaz de conocer y amar a su Creador» (Gaudium et spes, 12).En una perspectiva de humanismo integral, que la fe logra percibir más a fondo, no se puede formular la hipótesis de que Dios se «equivocó» cuando creó a un niño discapacitado. Al contrario, se debe decir que Dios lo ama personalmente, y queeste niño, así conformado a Cristo sufriente, es objeto de especial ternura por su parte.Esta dignidad del discapacitado, así fundada en su naturaleza de persona humana querida por Dios, no queda disminuida por la gravedad de la discapacidad y no se halla condicionada por la dificultad que tiene para comunicar con los demás. No se puede renunciar a esta dignidad; no se puede perder esta dignidad;...
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