Flores en el atico

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Flores en el Ático

Cuando era joven, al principio de los años cincuenta, creía que la vida entera iba a ser como un largo y esplendoroso día de verano. Después de todo, así fue como empezó. No puedo decir mucho sobre nuestra primera infancia, excepto que fue muy agradable. No éramos ricos, pero tampoco pobres, es decir que, comparando unas cosas con otras, nuestra vida era la de unos niñoscorrientes, de tipo medio.

Nuestro padre se encargaba de las relaciones públicas de una gran empresa que fabricaba computadoras, con sede en Gladstone, estado de Pennsylvania. Nuestro padre tenía mucho éxito en su trabajo.

El era perfecto. Medía un metro noventa de estatura, pesaba ochenta y dos kilos, y su pelo era espeso y de un rubio intenso, y justamente lo bastante ondulado para resultarmuy atractivo; sus ojos eran azul cielo y estaban llenos de vida y de buen humor. Su nariz era recta, ni demasiada larga ni demasiada estrecha ni demasiado gruesa.

Siempre estaba viajando en avión a California, Florida, Arizona o Hawái, o incluso al extranjero, por motivos de trabajo, mientras nosotros nos quedábamos en casa, al cuidado de nuestra madre.

El viernes era el mejor de losdías, porque nos devolvía a papá, para estar con nosotros. En los bolsillos de su traje encontrábamos pequeños regalos, pero en la maleta guardaba los regalos más grandes.
Después de recibir los regalos, Christopher y yo nos apartábamos a un lado para ver acercarse a mamá despacio, con una sonrisa de bienvenida que hacía brillar los ojos de papá, quien la tomaba en sus brazos y la miraba fijamente alrostro, como si por lo menos hiciera un año que no lo veía.

Un día, Christopher y yo volvíamos corriendo del colegio, mientras el viento invernal nos empujaba haciéndonos entrar más rápidamente en la casa.
Mamá nos hizo pasar a su cuarto.
– Mamá, ¿te encuentras bien? Pregunto Christopher.
– Sí, claro que sí – respondió ella
– Fui al ver al médico hoy –
– Mamá –exclamó mi hermano –¿es que estás enferma?
Le cogió la mano, y también una de las mías, se llevó las dos a su vientre protuberante.
– Mamá, se te revuelve la comida, o es que tienes gases.
-Queridos, voy a tener un niño a principios de mayo. La verdad es que, cuando me visitó hoy el médico, me dijo que él oía los latidos de dos corazones. Eso quiere decir que voy a tener gemelos… o quizá trillizos.Desconcertada, mire de reojo a Christopher para ver cómo recibía la noticia. Parecía pensativo y todavía turbado, me levanté de un salto y salí corriendo del cuarto.
Me lancé de bruces en la cama, al mismo tiempo que lloraba a raudales. ¡Niños, dos o más! No quería niños lloriqueando, gimoteando, ocupando mi lugar.

Papá vino a verme aquella tarde, parecía triste, y tenía en la mano una gran caja envueltaen papel de plata, coronada por un enorme lazo de satén rosa.
-¿Qué tal ha estado mi Cathy?
No le contesté, y el entonces vino a sentarse al borde de la cama.
-¿Quieres que te diga una cosa?
Éste es el primer viernes que no has acudido corriendo a saltar a mis brazos, y no me siento revivir hasta que estoy en casa los fines de semana.
-Te voy a decir algo más – añadió el.
Creía que miCathy sabía que seguiría siendo mi niña querida, aunque sólo fuera porque había sido la primera
Le eché una mirada airada, herida, ahogándome.
-Pero si ahora mamá tiene otra niña, tú le dirás a ella lo mismo que me estás diciendo a mí.
-Es posible que la quiera tanto como a ti, pero no más.-Abrió los brazos y ya no pude resistir más. Me lancé a sus brazos y me agarré a él como a una tabla desalvación-.
En aquel bonito paquete había una caja de música de plata, fabricada en Inglaterra. La música sonaba al tiempo que una bailarina, vestida de rosa, daba vueltas lentamente una y otra vez ante un espejo.
Y con este anillo prometo querer para siempre a mi Cathy y siempre un poco más que a ninguna otra hija, siempre y cuando ella nunca se lo cuente a nadie.
Y llegó un soleado martes de...
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