Generacion del 80

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  • Publicado : 30 de agosto de 2010
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La generación del 80
A partir de la presidencia de Roca fue ganando importancia un grupo de hombres, identificados posteriormente como la Generación del 80. Este grupo le dio contenido ideológico y político a esta época de la historia argentina, llena de transformaciones en todos los sentidos.
Eduardo Wilde, Lucio V. Mansilla, Miguel Cané (h), Eugenio Cambaceres, entre otros, fueronprotagonistas - desde el gobierno, el libro o el periodismo - de una labor que dejó en claro un modelo de país agroexportador, estrechamente vinculado al mercado inglés y permeable a la inmigración.
Liberales, con puntos discutibles, creían que el manejo de los asuntos políticos se reservaba a una elite, a una minoría poseedora del saber y de la riqueza. Para poder entenderlos, cabe destacar el siguienteejemplo. Cuando a Eduardo Wilde le preguntaron qué opinaba del sufragio universal, respondió que "es el triunfo de la ignorancia universal".
Hubo entre los hombres de la generación del 80 espíritus religiosos y no religiosos, pero sin duda predominaron y ejercieron mayor influencia estos últimos. A ellos se debe la acción de gobierno y sobre todo el aire singular que adquirió la época, en BuenosAires y en Córdoba especialmente. Quizá fueran ateos, pero es más seguro que fueran tan sólo indiferentes, porque la despreocupación por cuanto implicara severos compromisos internos caracterizó su manera de ser.
El amor a la riqueza y el orgullo de casta engendró el sensualismo y éste tentó a los aristócratas de la modesta Buenos Aires con las infinitas vanidades que movían a las burguesías ricasde Londres o Paris. El refinamiento en las costumbres comenzó a regirse por normas diferentes de las que habían presidido la vida del patriciado porteño, alterada ahora por cierto amaneramiento que nacía de traducir a la atmósfera aldeana de Buenos Aires las modas, los usos y las convenciones de las grandes capitales europeas, entonces en la euforia del esplendor capitalista.
La construcción deledificio del teatro Colón, proyectado por el gobierno de Juárez Celman, simbolizó no sólo las preocupaciones por el goce estético sino, más aún, el afán de construir los cuadros para el desarrollo de una existencia convencional en el más alto nivel de lujo. Julián Martel procuraba, en La Bolsa, reflejar la feria de las vanidades porteñas, y Lucio V. Mansilla daba el ejemplo de cómo adecuar laelegancia europea al marco de la ambiciosa ciudad que Lucio López, con ajustada precisión y acaso no sin melancolía, llamó La gran aldea. Esta actitud vital extrañaba, ciertamente, cierto desprecio por las tradiciones vernáculas.

Herederos de padres ilustres, creyeron merecer no sólo el prestigio que rápidamente conquistaron, sino también la dirección política del país - administrada por los jefesde los grupos provinciales - y sobre todo cierto diezmo que parecía corresponderles por derecho natural sobre las ganancias que el país obtenía de su ingente esfuerzo, obra ya de propios y extraños.
Pero la lucha por la riqueza no siempre adoptaba iguales caracteres. En la vieja clase de trabajadores criollos, en la nueva clase de los inmigrantes que acababan de incorporarse al país, y hasta enlas clases medias que sufrían los embates de las transformaciones económicas y vivían dentro de un régimen de inestabilidad, la lucha por la riqueza tenía cierta visible sordidez que los espíritus refinados de la nueva oligarquía acusaban inmediatamente.
Quizá fuera por eso que sus miembros se acostumbraron muy pronto a suponer que pertenecían a otra clase, a otro mundo que éste de los quebuscaban la riqueza en una lucha sin cuartel por medio del trabajo. Ellos no necesitaban descender a esos menesteres. Se convencieron de que constituían lo que quedaba de puro, de prístino, en el país, y que se merecían todo, a causa de ese mérito, que no era suyo, sino determinado por lo que había cambiado a su alrededor. La sordidez de su propia lucha por la riqueza parecía ocultárselas. Poco a...
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