Gerardo

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  • Publicado : 6 de mayo de 2011
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hermandad y, años más tarde, desde el remoto Yucatán, volvió a tener no-ticias del viejo piloto norteamericano. Le encomendó la custodia de «algo» que sólo podría ser entregado al hombre o mujer que acreditara haber re-suelto y despejado el criptograma que obraba en mi poder. La última «cla-ve» del enigma era él mismo. Desde que «aquello» llegara a su poder, a pesar de sus intentos por conectarcon el mayor, no había vuelto a tener noticias suyas. ignoraba que hubiera fallecido y, por supuesto, que existiera un primer mensaje.
Leal y prudente donde los haya, Marcos me aseguró que jamás desprecin-tó el «envío» de nuestro común amigo. Le creí.
Y ardiendo en deseos de hacerme con el misterioso «legado», le supliqué que me lo mostrara. Sonrió con benevolencia, disculpando mi fogosidad. Alpunto, sin rodeos, me hizo comprender que aquella justa entrega debía consumarse en el momento y lugar adecuados. Acepté sus razonables pre-cisiones. El Agaf, con seguridad, podía estar al acecho. Si me presentaba esa noche en el hotel con el preciado «cargamento» -ésas fueron sus pala-bras-, mis sacrificios, los suyos y los del mayor corrían el riesgo de ser in-molados, en beneficio de losservicios de Inteligencia. Merecía la pena espe-rar.
-Éste es mi plan -simplificó, exponiendo la idea que acababa de concebir y que, así, de bote y voleo, me hizo soltar una carcajada, si no recordaba mal, la primera de este infeliz en toda su estancia en la Tierra Prometida. Accedí ilusionado. «Aquello» resultaba excitante y, sobre todo, eficaz. Me sometí a su voluntad y no volví a interrogarle ni apresionar acerca de «lo que le había encomendado el mayor». Un «legado» cuya naturaleza presen-tía.
La tertulia -sembrada de confidencias- se prolongaría hasta altas horas de la madrugada. Fue así como entramos en el mutuo conocimiento de hechos y circunstancias, íntimamente ligados al mayor, que, amén de enriquecer-nos, multiplicaron -si cabe- nuestra sincera estima hacia aquel hombre sin-gular yaguerrido.
Pasadas las cuatro horas, un segundo taxista belenita orillaba su turismo en el cruce de las calles Smolenskin y Keren Hayesod, a trescientos metros del Moriah Jerusalén. Por seguridad, despedí al chofer y amigo de Marcos en un lugar lo suficientemente retirado del hotel como para conjurar cual-quier tropiezo o «malsana curiosidad»...
Caminé decidido. La zona, iluminada y dormida,parecía en paz. En los aledaños del Moriah no se distinguía un solo vehículo. Crucé frente a la rampa del aparcamiento subterráneo y, de pronto, sentí miedo. Me detuve. Inspeccioné la oscura y solitaria boca del parking, sin divisar al guarda. ¿Qué hacía? ¿Entraba por el sótano? Desde allí, con la ayuda de los ascen-
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sores, el acceso a la habitación era menos comprometido. Finalmente, re-nuncié.Mi apaleado corazón no hubiera resistido otro «susto». Además, ¿qué importaba que me vieran entrar por el vestíbulo? A estas alturas del «negocio» todo estaba consumado.... para bien o para mal.
Encogido y receloso empujé despacio la puerta giratoria. En el vestíbulo, a media luz, no respiraba una alma. Miento: a la izquierda, en uno de los butacones, roncaba un vigilante. Salvé de puntillas lossiete u ocho metros que me separaban de los elevadores y, escurridizo como una serpiente, me quité de en medio. Ninguno de los recepcionistas -posiblemente tan arroba-dos como el agente de seguridad detectó el retorno de aquel trasnochador. Pero los sobresaltos -en el fondo soy un ingenuo- seguirían llegando...
Feliz como unas castañuelas, me dispuse a descansar. Me planté ante la puerta de lahabitación y, de pronto, medio mundo se vino abajo: había ol-vidado la llave en conserjería.
-¡Ésta sí que es buena!...
No supe si reír o llorar. El nuevo registro de mis ropas fue tan inútil como el primero. ¡Increíble! En segundos, la euforia se transformó en cólera. Los que me conocen saben que ya sólo me indigno conmigo mismo. Pues bien, ésa fue una sonada ocasión para ejercitar una de mis...
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