Golf de penas

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  • Publicado : 30 de mayo de 2010
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A través de grandes mares arboladas, llevábamos dos días en medio del golfo de Penas luchando contra un temporal del noroeste. Era esa mar gruesa, pesada, que como montañas de agua queda bailando después de la tempestad; la mar de ese golfo que poco tiempo atrás había hecho registrar a la escuadra norteamericana el temporal más grande soportado en sus últi mos cuarenta años de navegación portodas las latitudes del globo.

Entre ola y ola nuestro barco se recostaba co mo un animal herido en busca de una salida a través de ese horizonte cerrado de lomos move­dizos y sombríos.

—¡Agárrate, viejo! —dijo un marinero, hacien do rechinar sus dientes y contrayendo la cara como si un doloroso atoro le anudara las entra­ñas. El barco, cual si lo hubiera escuchado, cru jió al borde de unarolada de cuarenta y cinco grados, y fue subiendo quejosamente sobre el lo mo de otra ola, semirrecostado, pero ya libre de la vuelta de campana o de la ida por ojo.

La cerrazón de agua era completa. Arriba, el cielo no era más que otra ola suspendida sobre nuestras cabezas, de cuya comba se descargaba una lluvia tupida y mortificante.

De pronto, emergiendo de la cerrazón, apareció sobre el lomode una ola una sombra más espesa; otra ola la ocultó; y una tercera la levan­tó de nuevo, mostrándonos el más insólito en cuentro que pueda ocurrir en estos mares abier tos: un bote con cinco hombres.

Raro encuentro, porque por ese golfo sólo se aventuran buques de gran tonelaje. El nuestro, con sus trece millas de máquina, hacía más de veinticuatro horas que estaba luchando por atra vesarlode sur a norte, y una cáscara de nuez, como ese bote minúsculo, no podía tener la es peranza de hacerlo con ese tiempo en menos de una semana hasta el faro San Pedro, primeros peñones de tierra firme que se hallan al sur del temido golfo.

En medio de los ruidos del temporal, la cam pana de las máquinas resonó como un corazón que golpeara sus paredes de metal y el barco fue disminuyendo su andar.Era un bote de ciprés, rústico, ancho, de gruesas cuadernas que mostraban su pulpa son rosada de tanto relavarse con el agua del mar y de la lluvia. Los cuatro bogadores remaban vi gorosamente, medio parados, afirmando un pie en el banco y el otro en el empalletado, y mi rando con extraña fijeza al mar, especialmente en la caída de la ola, cuando la falda de agua resbalaba vertiginosamentehacia el abismo. El patrón, aferrado a la caña del timón, iba tam bién de pie, y con una mano ayudaba al remero de popa con un envión del cuerpo, con el que parecía darles fuerza a todos, que, como un solo hombre, seguían el compás de su impulso. De tarde en tarde algún lomaje labrado escondía al bote, y, entonces, semejaban estar bogando suspendidos en el mar por un extraño milagro.

Cuando estuvoa la cuadra, le lanzaron un ca bo amarrado a un escandallo, que el remero de proa ató con vuelta corrediza a un eslabón aper nado en su barco. La cercanía se hacía cada vez más peligrosa. Las olas subían y bajaban desacompasadamente al buque y al bote, de tal manera que, en cualquier momento, podría estrellarse el esquife haciéndose pedazos contra los costados de fierro del barco. Una escalerillade cuerdas fue lanzada por la borda y, cuando la cresta de una ola levantó el bote hasta los pes cantes mismos del puente, en la bajada, de un salto, el patrón se agarró a la escalera y trepó por ella con la agilidad de un gato. Puso pie en cubierta, y como una exhalación ascendió por las escaleras hasta el puente de mando.

Arriba, patrón y capitán se encerraron en la cabina. Estábamos a laexpectativa. Los reme ros manteníanse alejados a prudente distancia con su cáscara de nuez; el barco encajaba la proa entre las olas y la levantaba como una ca beza cansada, sacudiéndola de espumas. El con tramaestre y los marineros estaban listos con la maniobra para izar el bote a bordo en cuanto el capitán diese la orden.

Los minutos se alargaban. ¿A qué tanta de mora para salvar un bote en...
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