Historia de un pepe

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LO QUE PERDÌ AL CRUZAR LA FRONTERA
Por fin ante mis ojos, la frontera de Guasaule. Podía observar a mi gente. La alegría me embargo por completo. Después de tantos años, regresaba a mi país. Me sentía orgulloso de los logros que tuve en los Estados Unidos. Yo consideraba el tiempo que estuve alla, que fueron cinco años, era poco para todo lo que materialmente pude hacer.
En el primer año, tuvela satisfacción de ayudar a mis papás. Yo siempre decía que cuando comenzara a ganar dinero, a los primeros que les daría algo, sería a mis viejitos. Mi papá, con muchos sacrificios, me había costeado los estudios. Vivíamos en un municipio llamado San Isidro, perteneciente a Matagalpa, Nicaragua.
Por lo tanto, fue para mi una gran satisfacción poderlos ayudar para que pagaran sus deudas. Estoyseguro que me fue bien, porque comencé a enviar dinero cada mes a mi propia familia. Blanquita, siempre me llamaba y me pasaba a los niños, y entonces podíamos platicar por varios minutos. En algunas ocasiones fue por varias horas. Uno de los motivos de mi viaje para los “Estados Unidos” fue el ayudar a mis papás, y otra de mis razones, el poder comprar un terrenito para poder vivir con mi esposay mis hijos. Al segundo año de mi distancia en el extranjero, pude mandar dinero con un familiar y compramos una pequeña porción de tierra. Al tercer año., comencé a enviarle cosas a Blanquita para que pudiera negociar.
Cuando me fui a los Estados Unidos, mis hijos estaban aún muy pequeños, todavía no iban a la escuela. Raquelita, tenía dos años, y Pedrito tenía cuatro. No los había visto durantelargos cinco años. Eso me provocaba ansiedad, sobre todo por mi esposa. Blanquita me había robado el corazón cuando éramos adolecentes. Habíamos estudiado juntos. Ella siempre me ayudaba en mis tareas escolares. Esa convivencia dio como resultado nuestra relación, que termino en matrimonio.
Son tantas las cosas que podía recordar, mientras me dirigía hacia mi pueblo. Todos me estaban esperando.Por teléfono les había dicho muchas veces que ya no me sentía tan bien en New York. Después del atentado de las Torres Gemelas, muchos sentimos la necesidad de retornar.
Los trámites en la frontera se habían hecho largos. Tenía que apresurarme. Ya estaba obscureciendo y aunque sabia que el recorrido a mi casa era de unas dos horas, aun así no quería llegar muy noche. Quería encontrar despiertosa mis hijos. Me encontraba a un par de horas de mi pueblo. A unos cuantos kilómetros a la orilla de la carretera encontré a un pobre hombre con el carro descompuesto. Me salí de la cinta asfáltica y me detuve por detrás del vehículo.
-¿Qué te pasó, hombre? –pregunté acercándome a él.
-Fijàte vos que no me quiere arrancar –respondió aliviado-, no sé qué le pasa, pero no quiere arrancarme
-Vamosa ver –dije, inclinándome sobre el motor-, subìte trata de arrancarlo.
El intento del motor por encender fue bastante débil. Noté que el problema era que el alternador no estaba funcionando. Así que le ofrecí llevarlo en mi camión al pueblo más cercano. Empujamos su vehículo y lo recomendamos en una casa.
-¿Y qué tal? Supongo que venís de los Estados.
-Como no –conteste asintiendo la cabeza-,¿Cómo te llamàs?
-Juan José Pineda, ¿y vos?
-Leonardo Carrillo.
-¿Y hacia donde te dirigís? –preguntó.
-A Chinandega –dije, esquivando unos hoyos.
-¿A Chinandega? –respondió con asombro.
-¿También vas para alla?
-No precisamente para Chinandega, voy para El Viejo.
-Que bien –expresé-, yo también voy para El Viejo. ¿Vos vivís allá?
-Por el momento sí, anteriormente vivía en León, pero porrazones de trabajo me tuve que ir a vivir al Viejo. Aunque aún no sé qué voy a hacer al final.
-¿Por qué? –dije con curiosidad.
-Es que ya no la aguanto más –dijo angustiado-, mi mujer se ha portado rara últimamente. Por cosas sencillas se pelea conmigo. Y me ha dicho que lo mejor es que nos separemos por un tiempo. Y ha tenido el cinismo echarme las cosas a la calle. Y no tuve otra opción...
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