Historia

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  • Publicado : 9 de mayo de 2011
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Si definimos al delito como un acto antisocial, asocial o simplemente dañoso para la comunidad donde se produce, se ha de tener en cuenta su evolución a partir de una determinada formación social. Yesto por cuanto no siempre los mismos actos han sido considerados como delito en una misma comunidad, en diferentes comunidades y en diversas etapas históricas y lugares de la Tierra.

Una sociedadmoderna, donde el hombre sea el centro del sistema, y su dignidad una constante, debe instalar este concepto en todas sus instituciones, utilizando la educación y la formación humanista comoherramienta base del desarrollo.Es sabido, el estado actual de nuestra educación, y de nuestra cultura.Por múltiples razones, que han sido debatidas hasta el hartazgo, existe una cultura y una subcultura enconstante colisión.El deterioro económico, la marginación, el difícil acceso a niveles de excelencia en la educación, y a la formación de entes generadores de cambios conceptuales acordes con lo queuna sociedad sana debe priorizar.En este contexto, navegan realidades que no podemos obviar, o desconocer.Nuestra sociedad ha generalizado un concepto dramático en relación al delito, el delincuente ysu posibilidad de rehabilitación y reinserción social.Ese hartazgo por necesidades insatisfechas, por altas dosis de impunidad, por nuevas y crecientes modalidades del delito, la difícil y a vecesimposible función de evitar y prevenir dichas conductas, hacen que se instalen conceptos, como decíamos dramáticos tales como: "que el delincuente se pudra en la cárcel", "mano dura", "no hay justicia",los delincuentes entran por una puerta y salen por otra", etc.Lo grave de estas afirmaciones internalizadas, es que provienen de diversos sectores sociales, no de uno en especial. Así muchas veces loafirman políticos, funcionarios, y el pueblo mismo, lo que demuestra la gravedad del problema cultural, y el encono, fruto de la desesperanza que lleva a olvidar principios sagrados que deberíamos...
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