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  • Publicado : 30 de marzo de 2011
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La triste historia del pascola cenobio.
Cenobio Tánori vivía en Bataconcica; joven y galán, ―estimado de los hombres y amigo de las mujeres‖, el yaqui gustaba lucir su arrogancia en ferias, festividades y velorios, donde hacía gala de sus aptitudes para la danza. Fama era de que en toda la región no había con quien se le comparara en el arte de bailar, de bailar las danzas ásperas, rigurosas yancestrales… Para Tánori no había mayor gloria que lucirse en los airosos saltos del ―pascola, sacudiendo como joven bestia las pantorrillas forradas con los vibrantes ―ténavaris, que son especie de cascabeles de oruga o de capullos. Era placer para todos admirar la gracia y la donosura con que Cenobio Tánori, con el rostro cubierto por horripilante máscara caprina, arañaba con los dedos de suspies desnudos la pista de tierra suelta y recién regada, cubierta en veces por pétalos de rosas o por verdura cimarrona, al compás de la melodía pentafónica nacida de la flauta de carrizo y cómo su torso hercúleo y desnudo se cimbreaba, se estremecía, a imitación del animal revivido en sus instantes más emotivos: el coraje, el miedo, el celo, mientras la sonaja de discos en la izquierda del danzarínse acomodaba al ritmo punteado del redoblante, instrumento capital en la música que acompañaba a la coreografía totémica.
El arte no ha sido pródigo para quien lo ejerce; las intervenciones de Tánori tenían por lo general flaca recompensa: una humeante y olorosa cazuela de ―guacavaqui, un trozo de carne de res asada en brasas, un par de tortillas de harina de trigo suaves y calientes y unpuñado de cigarrillos de tabaco negro y picante… Eso, aparte de las sonrisas y de las caídas de ojos, de los guiños con que las mujercitas pretendían atraerse la atención de aquel bohemio silvestre, de aquel esteta rústico y arrogante. De pueblo en pueblo, de feria en feria, iba Cenobio Tánori llevando su alegría. Lo mismo pespunteba un ―pascola, que ejecutaba las prolongadas y bulliciosas danzas de―El Venado o ―El Coyote, ambas de primitivo origen, bárbaras y bellas como el ambiente, como el ambiente verde azul, como la vegetación agresiva y hermosa que rodeaba la plazuela del villorio donde se celebraba el festejo: Babójori o Tórim, Coraspe o El Baburo…
Pero un día, ya estaba escrito, la vida del vagabundo quedó prendida… Fue en su mismo pueblo, en Bataconcica, donde el pensamiento, dondela voluntad del trotamundos quedó liada, como copo de algodón entre las espinas de un cardo, de las pestañas ―chinas y tupidas de un par de ojazos café oscuros, traviesos e inquietos, los ojos de Emilia Buitimea, aquella muchacha pequeña y suave, que logró pescar para sí lo que tanto anhelaban todas las jóvenes yaquis en edad de merecer: a Cenobio Tánori, el ―pascola garrido y orgulloso.
Prontose habló de los dos juntos: de la Emilia y de Cenobio. ―Buena pareja‖, comentaban los viejos… Mas las ancianas, con los pies mejor hincados en la tierra, se aventuraban por el comentario realista: ―Lástima que
Cenobio ande tan flaco de la bolsa… ¿Si llueve con qué la tapa? O bien el optimista augurio: ―El suegro, Benito Buitimea, es rico y sabrá ayudar al muchacho.
Pero Cenobio Tánori seguíasiendo orgulloso y ―echado pa„tras, a pesar de estar enamorado: él nunca consentiría en vivir a costillas del suegro… Jamás sería un arrimado en la casa de su futura.
¡Aquí te vas quedar....!
¡Aquí te vas a quedar, cabrón! le estaba diciendo Aniceto Madrigal al viejo Terencio mientras lo ataba, con rudeza innecesaria, al encino nudoso del fondo de la cañada.
Era en la tarde; ya muy tarde, poreso las m asas brumosas proyectadas por las montañas inmediatas. se estaban cerrando sobre el mineral. Como las chozas pendían de las laderas, el chiflón helado que se encauzaba en la hondonada las dejaba de lado.
Pero el estrecho callejón del fondo, donde estaban el pozo y el encino, quedaba siempre indefenso ante el gélido aliento de los eneros.
¡¡Aquí onde todos te vean, pa'que no te...
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