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  • Publicado : 13 de febrero de 2012
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Allá viene el tren de las cinco. Quizá fuese la última vez que viajaba en ese tren, la última vez que Wilde-Don Bosco-Bernal. Y qué. No había ni nostalgia ni alivio, solo un tren frenando, el ventarrón caliente, el antiguo estrépito de fierros, las ventanillas de caras aplastadas.
En el andén los demás levantaban del suelo valijas y bolsas de comida y se amontonaban frente a las puertas aúncerradas.
Miró el reloj de la estación, tratando de no ver qué día era: nunca le habían gustado las fechas ni los aniversarios. Nací en el diecinueve, el viejo murió en el treinta y dos, así que fue en el treinta y tres que empecé a trabajar y hoy me jubilé. Porque las fechas son los bordes de agujeros que dan vértigo: uno puede caerse en el medio y en el medio nunca hay nada. Por eso, mejor olvidarque era seis de diciembre, que lo obligaron a hablar, unas palabras aunque sea, se había puesto de pie para decir algo que inevitablemente terminaría en agradecimientos, él, que no quería agradecer nada, pero ellos esperaban más, vio sus caras ansiosas, sus miradas impúdicas; buitres, que llorase, eso querían; lágrimas rodando por la mejilla arrugada, mocos de empleado fiel que se jubila, parapoder decir cómo se emocionó don Pascual, pobre viejo.
La puerta se abrió en una andanada de piernas pero él pudo escurrirse, entrar gente en contra, antes que nadie, el cuerpo de perfil, haciendo palanca con el codo, atropellar, abalanzarse sobre aquel asiento libre. De inmediato sobrevino el reflujo, la muchedumbre que se desparramaba, los brazos izándose para colgar los cuerpos, las carassudorosas, el aire de pronto espeso y caliente como un caldo.
A su lado se había sentado un pibe de la primaria, con el guardapolvo remendado. En el asiento de enfrente, un conscripto estiraba las piernas y se volcaba el birrete sobre los ojos. Por el pasillo, en sentidos opuestos, una gorda y un viejito trataban de alcanzar el asiento desocupado junto al soldado. No se miraban, aunque ambos sabíandónde estaba el otro y calculaban de reojo los pasos que harían falta, los bolsos que deberían esquivar. El viejito llegó primero y desde el asiento le dirigió a la gorda una mirada triunfal, mientras sacaba un pañuelo del bolsillo para secarse la calva brillante.
Se había acabado el espectáculo. Desvió la vista y en el suelo, junto al hierro del banco, vio el billete. Un billete, Dios, de los de mil.Se le había caído al viejo, seguro, cuando sacó el pañuelo.
Miró a los costados; solo caras ajenas, nadie se dio cuenta, así que bastaría estirar un poco más el pie, así, curvar el empeine, así, haciéndose el desentendido, así, pisar el billete. Así. Levantó los ojos cautelosamente; allí estaba la mirada del viejo. ¿Habría visto el zapato sobre el billete? Pero no, era imposible, todo habíaocurrido demasiado rápido. Dio vuelta la cara para esquivar aquellos ojos fijos y casi se sonrió; el tren se había puesto en marcha, solo debería esperar a que el viejo se durmiera, duérmete mi viejo, duérmete mi sol, para recoger el billete del suelo, Pascual solo nomás, el tigre pierde el pelo pero no debía preguntarse por qué. Había aprendido hace mucho a no hacerse preguntas. Su padre decía que laconciencia es un lujo de ricos. Por eso, no pensar que los mil pesos son la jubilación del viejo, no ver la mano del viejo dando vuelta el bolsillo vació, el gesto dolorido e inútil.
Wilde, la primera estación. Ojalá que se baje el viejo, viejito lindo, Wilde está lleno de plazas llenas de palomas. Pero no. Y el colimba y el pibe tampoco. De nuevo el traqueteo, pero algo se había vaciado elvagón, ahora por lo menos se podía respirar. La población iba quedando atrás; otra vez los postes de teléfono en la ventanilla. Entornó los párpados casi hasta cerrar los ojos, para desanimar aquella mirada fija. Se dio cuenta, seguro. Aunque no, tranquilo Pascual, se hubiese revisado los bolsillos, ya hubiera dicho algo. Sintió el mínimo crujir del billete bajo su pie y apretó más la pierna; era...
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