Hombrecitos

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Louisa May Alcott

HOMBRECITOS

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CAPITULO 1 -Caballero, ¿quiere hacer el favor de decirme si estoy en Plumfield?... -preguntó un muchacho andrajoso, dirigiéndose al señor que había abierto la gran puerta de la casa ante la cual se detuvo el ómnibus que condujo al niño. -Sí, amiguito; ¿de parte de quién vienes?-De parte de Laurence. Traigo una carta para la señora. El caballero hablaba afectuosa y alegremente; el muchacho, más animado, se dispuso a entrar. A través de la finísima lluvia primaveral que caía sobre el césped y sobre los árboles cuajados de retoños, Nathaniel contempló un edificio amplio y cuadrado, de aspecto hospitalario, con vetusto pórtico, anchurosa escalera y grandes ventanasiluminadas. Ni persianas ni cortinas velaban las luces; antes de penetrar en el interior, Nathaniel vio muchas minúsculas sombras danzando sobre los muros, oyó un zumbido de voces juveniles y pensé, tristemente, en que sería difícil que quisieran aceptar, en aquella magnífica casa, a un huésped pobre, harapiento y sin hogar como él. -Por lo menos, veré a la señora -dijo, haciendo sonar tímidamente la grancabeza de grifo que servía de llamador. Una sirvienta carirredonda y coloradota abrió sonriendo y tomó la carta que el pequeñuelo silenciosamente le ofreció. Parecía acostumbrada a recibir niños extraños: hizo que tomase asiento en el vestíbulo y se alejó, diciendo: -Espera un poco, y sacúdete el agua que traes encima. Prontamente halló entretenimiento el chico, con sólo dedicarse a contemplar,desde el oscuro rincón próximo a la puerta, el espectáculo que se desarrollaba ante su vista. La casa debía estar llena de chicuelos que se distraían jugando en aquella hora lluviosa del anochecer. Había muchachitos por todas partes; arriba y abajo, en lo alto y al pie de la escalera, en las habitaciones y en los pasillos; por todas las puertas se veían grupos de niños de distintas edades, queretozaban con gran contento. Dos espaciosas habitaciones, a la derecha, servían evidentemente de aulas, a juzgar por los pupitres, mapas, pizarras y libros de que estaban llenas. En la chimenea ardía buena lumbre; ante ella,

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varios niños tiraban por alto las botas, discutiendo un juego de cricket, Sin hacer caso del alboroto, un muchacho de espigadotalle tocaba la flauta en un rincón. Dos o tres saltaban sobre los pupitres y se reían de las caricaturas que un compañero trazaba en la pizarra. En la habitación de la izquierda, sobre una larga mesa, veíanse jarras de leche y bandejas llenas de panecillos, galletas y bizcochos. El aire estaba impregnado de olor a manzanas cocidas y a tostadas de pan con manteca..., ¡olor desesperante para unestómago hambriento!... En lo alto de la escalera había jugadores de bolos; en la primera meseta y en la segunda había quienes se dedicaban a otros juegos; en un escalón leía un niño, en otro, una chiquitina le cantaba a su muñeca; dos perros y un gatito se mezclaban a los grupos infantiles; y, en fin, a lo largo del pasamanos, se deslizaban algunos diablejos. Sugestionado por aquella animación,Nathaniel salió del rincón en que tomara asiento, y cuando un chico, al resbalar por el pasamanos, cayó con fuerza bastante para romper una cabeza que no estuviese acostumbrada a once años de caídas y de coscorrones, instintivamente corrió a socorrer al desdichado jinete, creyendo encontrarle medio muerto. El caído, sin embargo, se limitó a hacer algunas muecas de disgusto; luego, mirando al intruso,...
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