Ingrid

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  • Publicado : 2 de marzo de 2011
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En su libro 'No hay silencio que no termine', hace revelaciones de su tiempo en cautiverio.
Primer capítulo: La fuga de la jaula.
Primera Parte

Había tomado la decisión de escaparme. Era mi cuarto intento de fuga, pero después del último las condiciones de nuestro cautiverio se habían vuelto aún más terribles. Nos habían metido en una jaula construida con tablas y un techo de zinc. Faltabapoco para el verano. Llevábamos más de un mes sin aguaceros en la noche. Y un aguacero nos era absolutamente indispensable. Noté que una de las tablas en una esquina de nuestro cuartucho empezaba a podrirse. Empujando la tabla con el pie logré rajarla lo suficiente para crear una abertura. Así lo hice una tarde, después del almuerzo, mientras el guerrillero de guardia cabeceaba, medio dormido, depie, apoyado al fusil. El ruido lo asustó. Se acercó, nervioso, y le dio la vuelta entera a la jaula, despacio, como una fiera. Yo lo seguía, espiándolo por entre las rendijas de las tablas, conteniendo el aliento. Él no podía verme. Dos veces se detuvo, incluso pegó el ojo a un hueco y nuestras miradas se cruzaron por un segundo. El hombre saltó hacia atrás, espantado. Luego, como para recobrarsu compostura, se plantó frente a la entrada de la jaula. Esa era su revancha: no quitarme los ojos más de encima.

Evitando su mirada empecé a hacer cálculos. ¿Podríamos pasar por esa quebradura? En principio, si cabía la cabeza, cabría el cuerpo también. Recordaba mis juegos de infancia: me veía escurriéndome por entre las rejas del parque Monceau. Siempre era la cabeza la que lo bloqueabatodo. Ahora ya no estaba tan segura. El asunto funcionaba para un cuerpo de niño, pero, ¿serían iguales las proporciones de un adulto? Aunque Clara y yo estábamos bastante flacas, me inquietaba un fenómeno que había comenzado a notar algunas semanas atrás. A causa de nuestra inmovilidad forzada, nuestros cuerpos habían comenzado a retener líquidos. Era muy visible en el caso de mi compañera. Encuanto a mí misma, me costaba más trabajo juzgar, pues no teníamos espejo.

Se lo había mencionado a ella, y esto la había fastidiado profundamente. Ya habíamos intentado escaparnos otras veces y el tema se había convertido en motivo de fricción entre nosotras. Nos hablábamos poco. Ella estaba irritable y yo andaba presa de mi obsesión. No podía pensar en nada que no fuera la libertad, en nadadiferente de cómo huir de las garras de las FARC.

Me pasaba el día entero haciendo cálculos. Preparaba en detalle el material necesario para la fuga. Le daba mucha importancia a cosas superfluas. Pensaba, por ejemplo, que no podía irme sin mi chaqueta. Olvidaba que la chaqueta no era impermeable y que, al mojarse, podría pesar toneladas. Me decía, también, que debíamos llevarnos el mosquitero.«…Hay que ponerle mucho cuidado a lo de las botas. Por la noche, siempre las dejamos en el mismo lugar, a la entrada de la jaula. Hay que empezar a ponerlas adentro, para que se acostumbren a no verlas cuando dormimos… Tenemos que conseguir un machete, para defendernos de las fieras y para abrirnos camino. Va a ser bien difícil. Todos están prevenidos. No han olvidado que logramos quedarnos con uno,cuando estaban construyendo el anterior campamento… Llevar tijeras, a veces nos las prestan. También hay que pensar en las provisiones. Hay que ir haciendo reservas sin que se den cuenta. Todo debe quedar envuelto en talegos de plástico para cuando nos toque meternos en el río. Es muy importante estar lo más livianas posible. Y me voy a llevar mis tesoros: por nada del mundo dejo las fotos de mishijos ni las llaves de mi apartamento».

Me la pasaba el día entero tramando, volteando todo esto una y otra vez en mi cabeza. Mil veces hacía mentalmente el recorrido que debíamos seguir al salir de la jaula. Calculaba todo tipo de parámetros: dónde debía de estar el río, cuántos días necesitaríamos para encontrar ayuda. Imaginaba horrorizada el ataque de una anaconda en el agua, o el de un...
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