Intro la piel del tambor

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  • Publicado : 22 de diciembre de 2011
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El pirata informático se infiltró en el sistema central del Vaticano once minutos antes de la medianoche. Treinta y cinco segundos más tarde, uno de los ordenadores conectados a la red principal dio la alarma. Fue sólo un parpadeo en la pantalla del monitor, anunciando la puesta automática en funcionamiento del control de seguridad ante una intromisión exterior. Después, las letras HK aparecieronen un ángulo de la pantalla, y el funcionario de guardia, un jesuita que en ese momento trabajaba en la incorporación de datos sobre el último censo del Estado Pontificio, descolgó el teléfono para avisar al jefe de servicio.
—Tenemos un hacker —anunció.
Abrochándose la sotana, el padre Ignacio Arregui, otro jesuita, salió al pasillo para recorrer los cincuenta metros hasta la sala deordenadores. Era huesudo y flaco, con zapatos que crujían bajo los frescos en penumbra. Mientras caminaba echó un vistazo a través de las ventanas, hacia la desierta Via della Tipografia y la fachada oscura del palacio Belvedere, y murmuró discretamente, entre dientes. Su malhumor provenía más de haber sido despertado mientras descabezaba un sueño que de la aparición del intruso. Las incursiones de éstoseran frecuentes, pero inofensivas. Solían limitarse al perímetro de seguridad exterior, dejando leves huellas de su paso: mensajes o pequeños virus. A un pirata informático —hacker en jerga técnica— le gustaba que los demás supieran que había estado allí. Por lo general se trataba de chicos muy jóvenes, aficionados a viajar a través de las líneas telefónicas explorando los sistemas ajenos en buscadel más difícil todavía. Para los yonquis del chip, adictos de la alta tecnología, probar suerte con el Chase Manhattan Bank, el Pentágono o el Vaticano, suponía siempre una excitante aventura.
El funcionario de guardia era el padre Cooey, otro jesuita irlandés, joven y grueso, que usaba lentes. Fruncía el ceño con preocupación, inclinado sobre las teclas de su ordenador tras el rastroinformático del pirata. Cuando llegó a su lado, el padre Arregui vio que levantaba los ojos con expresión de alivio. La luz de su lámpara de trabajo le iluminaba la parte inferior del rostro.
—No sabe lo que me alegra verlo, padre.
El superior se situó a un lado, apoyando las manos bajo la luz en la mesa, atento a la pantalla donde parpadeaban iconos en azul y rojo. El sistema de búsqueda automáticamantenía contacto permanente con la señal del intruso.
—¿Es grave?
—Puede que sí.
Sólo una vez en los últimos dos años había sido grave, cuando un pirata logró infiltrar un gusano informático en la red vaticana. Los gusanos eran ficheros destinados a multiplicarse en el espacio del sistema hasta bloquearlo, y en aquel caso limpiar la red y reparar los daños fue cuestión de medio millón de dólares.Identificado tras una larga y compleja búsqueda, el pirata resultó un chico de dieciséis años residente en un pueblecito de la costa holandesa. Otros intentos serios de infiltrar virus o programas asesinos habían sido abortados en su inicio: un joven mormón de Salt Lake City, una sociedad islámica integrista con sede en Estambul, un cura loco, enemigo del celibato, que utilizaba por las noches elordenador del manicomio. El cura, un francés, los tuvo en jaque durante mes y medio, y lograron neutralizarlo cuando ya había infectado cuarenta y dos ficheros con un virus que bloqueaba las pantallas a base de insultos en latín.
El padre Arregui puso un dedo sobre el cursor que parpadeaba en rojo:
—¿Es nuestro hacker?
—Sí.
—¿Qué nombre le ha asignado?
Siempre le daban un nombre a cada uno, aefectos de identificación y seguimiento; muchos eran viejos conocidos. El padre Cooey señaló una línea en el ángulo inferior derecho de la pantalla:
—Vísperas, por la hora. Es lo primero que se me ocurrió.
En el monitor se apagaron unos ficheros y se encendieron otros. Cooey los miró con atención y después llevó el cursor del ratón hasta uno de ellos para pulsar dos veces. Ahora que tenía...
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