Jesus

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  • Publicado : 20 de octubre de 2010
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periquillo sarniento
esumenCapítulo XI
En el que Periquillo cuenta la aventura funesta del egoísta y su desgraciado fin de resultas
de haberse encallado la nao, los consejos que por este motivo le dio el coronel y su feliz
arribo a Manila
Cuando estuve restablecido de mi accidente, subí a la cubierta y ya no vi nada de tierra,
sino cielo, agua y el buque en que navegábamos, lo que no dejabade atemorizarme
bastante, y más cuando interiormente reflexionaba en todos los riesgos que me rodeaban.
Ya se me ponía en la cabeza una tormenta deshecha; ya una calma o encalladura que nos
hiciera morir de hambre; ya pensaba que el barco se estrellaba en un arrecife, y cada uno de
nosotros salía por su respectiva tronera a ser pasto de los tiburones y tintoreras; ya temía un
encuentro conalgunos piratas y esperaba el temible zafarrancho; ya creía muy fácil un
descuido con el fogón y se me representaba la embarcación ardiendo, escurriendo el
alquitrán, y consumiéndose todo por la voracidad de las llamas, a pesar de las bombas, y
que, perdiendo el fuego el respeto a la Santa Bárbara, volábamos todos por esos aires de
Dios para no volver a resollar hasta el último día de lostiempos.
En estas funestas consideraciones y nada pánicos temores pasaban algunos ratos del día,
hasta que al cabo de un mes, viendo que nada adverso sucedía, los fui desechando poco a
poco, y haciéndome, como dicen, a las armas en tal grado que ya me era gustosa la
navegación, pues en las noches de luna reflejaba ésta en las ondas, haciéndolas lucir como
si fueran un espejo, lo que junto con losrepetidos celajes que se observaban por los
horizontes nos divertía bastante, y más cuando el viento que soplaba en la popa era el que
se quería para navegar aprisa y sin riesgo de nortes tempestuosos; pues entonces,
descansando de maniobrar los marineros, gustábamos todos ya de [181] la conversación de
los comerciantes, oficialidad y pasajería decente que subían sobre cubierta a gozar de lahermosa noche, ya de los que tocaban y cantaban, y ya de la naturaleza pacífica cual se nos
manifestaba en aquellos ratos.
Me acuerdo que en uno de ellos se puso a platicar conmigo un comerciante que se había
hecho mi amigo, porque había menester la protección del coronel en Manila y veía la
estimación que yo disfrutaba de él. En la conversación le conté los trabajos que había
padecido en eldiscurso de mi vida, exagerándolos sin motivo.
Él escuchaba todo con fría indiferencia, lo que no dejó de escandalizarme; y por ver si
era genial o la afectaba le dije: cierto que somos desgraciados los mortales, ¡cuántos males
nos rodean desde la cuna, y cuántos daños no padecemos, no ya de uno en uno, sino de
generación en generación! ¿Y qué se le da a usted de eso?, me dijo con muchasocarra, ¿los
padece usted? No los padezco, le dije, pero me lastima que los padezcan mis prójimos, a
quienes debo considerar como a mis hermanos, o más bien como a partes de mí mismo.
¡Oh!, vaya, dijo el comerciante, usted es uno de los muchos preocupados que hay en el
mundo; ¡ya se ve!, es usted un pobre soldado que no tiene motivo de ser instruido.
No dejé de incomodarme con tal disculpa, y asíle dije: quizá no soy tan lerdo como
usted supone, y podré hacerle ver que no todos los soldados son de principios ordinarios ni
carecen de tal cual instrucción; y si no, dígame usted, ¿por qué me juzga preocupado?
¿Porque le dije que me dolían los males que padecía mi prójimo como si fuera mi hermano
o una parte de mí mismo? Sí señor, porque creer eso, me dijo, es una preocupación.
Nosotrosmismos somos nuestros hermanos, y harto haremos si vemos por nosotros
solamente sin mezclarnos con el resto de los hombres, a no ser que nos redunde algún
provecho particular de sus amistades.
Según eso, le dije, no deberemos ser amigos sino de aquellos [182] que nos sirvan o nos
den esperanzas de servirnos en algún tiempo. Cabalmente así debe ser, me contestó, y aquí
encaja bien el refrán...
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