Jiji

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  • Publicado : 21 de enero de 2013
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¿Alguna vez has pensado empezar de cero en otra ciudad? Fue entonces cuando todo cambió. Justo al acercarme a aquel viejo cartel de madera escrito en francés que vendían en un anticuario improvisado de Madrid. Aux tissus des Vosges, Alice HUMBERT, nouveautés. Entré sin decir nada. Tenía la mirada perdida del que logra lo que quiere. En pocos segundos presentí un vuelco y una irreprimiblenecesidad de cambiar de vida. Traducido quería decir: tejidos de los Vosgos, Alice Humbert, novedades. Significaba más, mucho más… Màxim Huerta nos transporta al París de los felices años veinte de la mano de dos mujeres maravillosas, irresistibles y arrebatadoras. Una novela conmovedora, sensible y terriblemente sentimental que te hará soñar. Sin duda alguna, el libro más romántico del año.

MàximHuerta

Una tienda en París
ePUB v1.0 Crubiera 13.10.12

Título original: Una tienda en París Màxim Huerta, 2012. Diseño portada: Image Source/Corbis/Cordon Press Editor original: Crubiera (v1.0) ePub base v2.0

Para ti, que siempre quisiste volar

« Siempre hace falta un golpe de locura para desafiar un destino» . MARGUERITE YOURCENAR

Esta historia es casi verdad.

Capítulo 1Nada se había movido en años. Lo más exótico que hacía era coleccionar en una maleta un trocito de tela de todos los vestidos que he llevado en mi vida. Desde pequeña venía alimentando esta absurda nostalgia por mi ropa. Esa maleta y yo éramos una sola. Mi primera acción cuando, obligada por mi tía, había que abandonar un vestido era sacar las tijeras, recortar un pedazo que pasara desapercibidocuando lo metíamos en las bolsas para donarlo a la beneficencia y esconder ese fragmento con los demás cachos de tela en mi maleta. El tiempo me dio la razón: los colores habían ido apagándose en mi forma de vestir. —Siempre vas vestida de gris. —No es gris, es azul, tía. —Me vas a decir a mí lo que es el gris… —Es que es azul. —¡No me hables así! Tan joven y tan obtusa. Al menos ponte algo encimaque te haga parecer femenina. A tu edad yo… Vamos. Anda, coge el pañuelo que te regalé en tu santo que te alegre la cara algo. Está colgado en la entrada. Parece que todavía vayas de luto. Mi madre había muerto cuando yo era una niña. Tenía siete años para ocho. La tutela había caído como una losa en manos de mi tía Brígida. Su hermana gemela. Olía a coñac y a perfume a partes iguales y así seguíaveintitantos años después. Me había gestionado la vida a su imagen y semejanza, diciendo cómo y cuándo tenía que hablar, qué debía ponerme y cómo, y estableciendo una rigidez de horarios y estudios férreos. La asignatura más difícil de mi vida había sido encontrar grietas para escapar, por eso había conseguido una habilidad incomprensible: aguantar dos minutos sin respirar. Lo hacía sin que senotara, delante incluso de los invitados de una de sus cenas de « gente como nosotros» . Así habían pasado los años. Así había pasado los años. Aguantando la respiración. Hasta ahora. Después de un invierno largo de un frío terrible, de nieves y heladas, la ciudad había despertado en una primavera prometedora. Seguía soltera y languidecía en el piso más maravilloso de la capital. Vivía en el ático demis padres, trabajaba en la fundación que heredé de ellos y me pasaba las tardes leyendo libros que elegía por las cubiertas y buscando postales antiguas de París en anticuarios. Se me puede calificar de metódica, tal vez, pero yo lo prefiero definir como cuidadosa. A fin de cuentas hacía años que nadie cuidaba de mí, yo era mi propio encargo y gestionaba mi tiempo caprichosamente. ¿Solitaria?Digamos inhabitada. Aquella tarde de primavera venía de mis clases de pintura en las que cuatro mujeres como yo me hacían compañía dos días a la semana, martes y jueves, durante tres horas. Digo como yo, que es como decir que eran otras cuatro que también tenían tiempo y dinero para aburrirse en una sala acristalada del barrio de Chamberí, en el que un viejo pintor de 83 años nos hacía las veces de...
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