Juan De La Rosa

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Juan de la Rosa : memorias del
último soldado de la
Independencia
Nataniel Aguirre

Juan de la Rosa

Nataniel Aguirre

Índice
Capítulo I
Primeros recuerdos de mi infancia
Capítulo II
Rosita enferma. -Un nuevo amigo
Capítulo III
Lo que yo vi del alzamiento
Capítulo IV
Comienzo a columbrar lo que era aquello
Capítulo V
De como mi ángel se volvió al cielo
Capítulo VI
Márquez yAltamira
Capítulo VII
La batalla de Aroma según Alejo
Capítulo VIII
Mi cautiverio. Noticias de Castelli
Capítulo IX
De qué modo dejamos de rezar una tarde el santo rosario, y de la única vez que
estuvo amable doña Teresa
Capítulo X
Mi destierro
Capítulo XI
El ejército de Cochabamba. -Amiraya
Capítulo XII
Cierto, admirable y bien sabido suceso
Capítulo XIII
Arze y Rivero

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Nataniel Aguirre

Capítulo XIV
Las armas y el tesoro de la patria
Capítulo XV
Un inventario. -Mi visita a la abuela
Capítulo XVI
La entrada del gobernador del Gran Paititi
Capítulo XVII
Comparezco ante el tremendo tribunal del padre Arredondo y soy declarado hereje
filosofante
Capítulo XVIII
Tirón de atrás. -Quirquiave y el Quehuiñal
Capítulo XIX
¡Ay, delos alzados! -¡Ay, de los chapetones!
Capítulo XX
El alzamiento de las mujeres
Capítulo XXI
La gran fazaña del Conde de Huaqui
Capítulo XXII
El lobo, la zorra y el papagayo
Capítulo XXIII
De la edificante piedad con que el Conde de Huaqui celebró la fiesta del Corpus ,
después de su victoria de «la elevada montaña de San Sebastián»
Capítulo XXIV
El legado de Fray Justo
Capítulo XXVUna familia criolla en los buenos tiempos del Rey Nuestro Señor
Capítulo XXVI
Donde ha de verse que una beata murmuradora puede ser bien parecida y tener un
excelente corazón
Capítulo XXVII
De como fui y llegué a donde quería
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Nataniel Aguirre

Capítulo I
Primeros recuerdos de mi infancia
Rosita, la Linda Encajera, cuya memoria conservan todavía1algunos ancianos de la villa de
Oropesa, que admiraron su peregrina hermosura, la bondad de su carácter y las primorosas labores
de sus manos, fue el ángel tutelar de mi dichosa infancia. Su cariño, su ternura y solicitud
maternales eran sin límites para conmigo, y yo le daba siempre con gozo y verdadero orgullo el
dulce nombre de madre. Pero ella me llamó solamente «el niño», menos dos o tresveces en las que
la palabra «hijo» se le escapó, como un grito irresistible de la naturaleza, que parecía desgarrar de
un modo muy cruel sus entrañas.
Vivíamos solos en un cuarto o tienda del confín del Barrio de los Ricos, hoy de Sucre, sin más
puertas que la que daba a la calle y otra pequeña, de una sola mano, en el rincón de la izquierda de
la entrada. Una tarima, que era nuestro estrado yservía de noche para hacer la cama; una larga
mesa sobre la que Rosita planchaba ropa fina de lino, albas y paños de altar; una grande arca
ennegrecida por el tiempo; dos silletas de brazos con asiento y espaldar de cuero labrado; un
banquito muy bajo y un brasero de hierro, componían lo principal del mueblaje de la habitación.
Las paredes, pintadas de tierra amarilla, estaban decoradas deestampas groseramente iluminadas,
entre las que resaltaba una pintura original, obra de no muy torpe como atrevida mano, que
representaba la muerte de Atahualpa. En la pared fronteriza a la puerta, como en sitio de
preferencia, había además un cuadro al óleo, de la Divina Pastora sentada, con manto azul, entre
dos cándidas ovejas, con el niño Jesús en las rodillas. La puertecita de la izquierdaconducía a un
pequeño patio enteramente cerrado por elevadas tapias, y en el que un sotechado servía de
despensa y de cocina.
Rosita -no creo que me engañen mis recuerdos, ni que mi ternura le preste ahora en mi
imaginación encantos que no tenía-, era una joven criolla tan bella como una perfecta andaluza,
con larga, abundante y rizada cabellera; ojos rasgados, brillantes como luceros;...
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