Juan salvador gaviota

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  • Publicado : 18 de junio de 2011
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UNA VEZ TRAS OTRA LE SUCEDIÓ LO MISMO. A pesar de todo sucuidado, trabajando al máximo de su habilidad, perdía el control a altavelocidad.
Subía a trescientos metros. Primero con todas sus fuerzas hacia arriba,luego inclinándose, hasta lograr un picado vertical. Entonces, cada vezque trataba de mantener alzada al máximo su ala izquierda, girabaviolentamente hacia ese lado, y al tratar delevantar su ala derechapara equilibrarse, entraba, como un rayo, en una descontrolada barrena.
Tenía que ser mucho más cuidadoso al levantar esa ala. Diez veces lointentó, y las diez veces, al pasar a más de cien kilómetros por hora,terminó en un montón de plumas descontroladas, estrellándose contrael agua.
Empapado, pensó al fin que la clave debía ser mantener las alasquietas a alta velocidad;aletear, se dijo, hasta setenta por hora, yentonces dejar las alas quietas.
Lo intentó otra vez a setecientos metros de altura, descendiendo envertical, el pico hacia abajo y las alas completamente extendidas yestables desde el momento en que pasó los setenta kilómetros por hora.Necesitó un esfuerzo tremendo, pero lo consiguió. En diez segundos,volaba como una centella sobrepasando los ciento treintakilómetrospor hora. ¡Juan había conseguido una marca mundial de velocidadpara gaviotas!
Pero el triunfo duró poco. En el instante en que empezó a salir delpicado, en el instante en que cambió el ángulo de sus alas, se precipitóen el mismo terrible e incontrolado desastre de antes y, a ciento treintakilómetros por hora, el desenlace fue como una explosión dedinamita.Juan Gaviota se desintegró y fuea estrellarse contra un mar duro comoun ladrillo.
Era ya pasado el anochecer, cuando recobró el sentido, y se halló a laluz de la luna y flotando en el océano. Sus alas desgreñadas parecíanlingotes de plomo, pero el fracaso le pesaba aún más sobre la espalda.Débilmente deseó que el peso fuera suficiente para arrastrarle al fondo,y así terminar con todo.
A medida que se hundía, una voz hueca yextraña resonó en su interior.
No hay forma de evitarlo. Soy gaviota. Soy limitado por la naturaleza. Si
estuviese destinado a aprender tanto sobre volar, tendría por cerebrocartas de navegación. Si estuviese destinado a volar a alta velocidad,tendría las alas cortas de un halcón, y comería ratones en lugar depeces. Mi padre tenía razón. Tengo que olvidar estas tonterías. Tengoque volar a casa, ala bandada, y estar contento de ser como soy: unapobre y limitada gaviota.
La voz se fue desvaneciendo y Juan se sometió. Durante la noche, ellugar para una gaviota es la playa y, desde ese momento, se prometióser una gaviota normal. Así todo el mundo se sentiría más feliz.
Cansado se elevó de las oscuras aguas y voló hacia tierra, agradecidode lo que había aprendido sobre cómo volar a bajaaltura con elmenor esfuerzo.
La luna y las luces centellando en el agua, trazando
luminosos senderos en la oscuridad...
-PERO NO -pensó-. Ya he terminado con esta manera de ser, heterminado con todo lo que he aprendido. Soy una gaviota comocualquier otra gaviota, y volaré como tal.
Así es que ascendió dolorosamente a treinta metros y aleteó con más
fuerza luchando por llegar a la orilla.
Seencontró mejor por su decisión de ser como otro cualquiera de labandada. Ahora no habría nada que le atara a la fuerza que leimpulsaba a aprender, no habría más desafíos ni más fracasos. Leresultó grato dejar ya de pensar, y volar, en la oscuridad, hacia las lucesde la playa.
¡La oscuridad!, exclamó, alarmada, la hueca voz. ¡Las gaviotas nunca
vuelan en la oscuridad!
Juan no estaba alerta paraescuchar. Es grato todo esto, pensó. LaLuna y las luces centelleando en el agua, trazando luminosos senderosen la oscuridad, y todo tan pacífico y sereno...
¡Desciende! ¡Las gaviotas nunca vuelan en la oscuridad! ¡Si hubieras
nacido para volar en la oscuridad, tendrías los ojos de búho! ¡Tendrías
por cerebro cartas de navegación! ¡Tendrías las alas cortas de un
halcón!
Allí, en la noche, a...
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