Juicio etico

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Preparatoria Regional de Lagos de Moreno
Bachillerato General Modalidad Semiescolarizado
PROMOCIÓN 2009*T*

Nombre: González Ramírez Miguel Ángel

FERNANDO SAVATER
Las preguntas de la vida
Ariel

Por el aclamado autor de Ética para Amador
La muerte para empezar

FERNANDO SAVATER es catedrático de filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Autor de más de cuarenta libros deensayo, narración y teatro, sus obras Ética para Amador, Política para Amador y El valor de educar –editadas por Ariel—han tenido múltiples ediciones en España e Hispanoamérica y han sido traducidas a una veintena de idiomas.

18 de agosto del 2010, Lagos de Moreno, Jal

Recuerdo muy bien la primera vez que comprendí de veras que antes o después tenía que morirme. Debía andar por los diez años,nueve quizá, eran casi las once de una noche cualquiera y estaba ya acostado. Mis dos hermanos, que dormían conmigo en el mismo cuarto, roncaban apaciblemente. En la habitación contigua mis padres charlaban sin estridencias mientras se desvestían y mi madre había puesto la radio que dejaría sonar hasta tarde, para prevenir mis espantos nocturnos. De pronto me senté a oscuras en la cama: ¡yotambién iba a morirme!, ¡era lo que me tocaba, lo que irremediablemente me correspondía!, ¡no había escapatoria! No solo tendría que soportar la muerte de mis dos abuelas y de mi querido abuelo, así como la de mis padres, sino que yo, yo mismo, no iba a tener mas remedio que morirme. ¡Qué cosa tan rara y terrible, tan peligrosa, tan incomprensible, pero sobre todo que cosa tan irremediablementepersonal!

A los diez años cree uno que todas las cosas importantes sólo les pueden pasar a los mayores: repentinamente se me reveló la primera gran cosa importante --de hecho, la más importante de todas-- que sin duda ninguna me iba a pasar a mí. Iba a morirme, naturalmente dentro de muchos, muchísimos años, después de que se hubieran muerto mis seres queridos (todos menos mis hermanos, más pequeñosque yo y que por tanto me sobrevivirían), pero de todas formas iba a morirme. Iba a morirme yo, a pesar de ser yo. La muerte ya no era un asunto ajeno, un problema de otros, ni tampoco una ley general que me alcanzaría cuando fuese mayor, es decir: cuando fuese otro. Porque también me di cuenta entonces de que cuando llegase mi muerte seguiría siendo yo, tan yo mismo como ahora que me daba cuenta deello. Yo había de ser el protagonista de la verdadera muerte, la más autentica e importante, la muerte de la que todas las demás muertes no serían más que ensayos dolorosos. ¡Mi muerte, la de mi yo! ¡No la muerte de los , por queridos que fueran, sino la muerte del único que conocía personalmente! Claro que sucedería dentro de mucho tiempo pero… ¿no me estaba pasando en cierto sentido ya?¿No era el darme cuenta de que iba a morirme --yo, yo mismo-- también parte de la propia muerte, esa cosa tan importante que, a pesar de ser todavía un niño, me estaba pasando ahora a mí mismo y a nadie más?
Estoy seguro de que en ese momento cuando por fin empecé a pensar. Es decir, cuando comprendí la diferencia entre aprender o repetir pensamientos ajenos y tener un pensamiento verdaderamentemío, un pensamiento que me comprometiera personalmente, no un pensamiento alquilado o prestado como la bicicleta que te dejan para dar un paseo. Un pensamiento que se apoderaba de mí mucho más de lo que yo podía apoderarme de él. Un pensamiento del que no podía subirme o bajarme a voluntad, un pensamiento con el que no sabía que hacer pero que resultaba evidente que me urgía a hacer algo, porque noera posible pasarlo por alto. Aunque todavía conservaba sin crítica las creencias religiosas de mi educación piadosa, no me parecieron ni por un momento alivios de certeza de la muerte. Uno o dos años antes había visto ya mi primer cadáver, por sorpresa (¡y qué sorpresa!): un hermano lego recién fallecido expuesto en el atrio de la iglesia de los jesuitas de la calle Garibay de San Sebastián,...
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