Karma y fiolosofia

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Soy Candaules, rey de Lidia, pequeño país situado entre Jonia y Caria, en el co-razón de aquel territorio que siglos más tarde llamarán Turquía. Lo que más me enorgullece de mi reino no son sus montañas agrietadas por la sequedad ni sus pastores de cabras que, cuando hace falta, se enfren¬tan a los invasores frigios y eolios y a los dorios venidos del Asia, derrotándolos, y a las bandas defenicios, lacedemonios y a los nómadas escitas que llegan a pillar nuestras fronteras, sino la grupa de Lucrecia, mi mujer.
Digo y repito: grupa. No trasero, ni culo, ni nalgas ni posaderas, sino grupa. Porque cuando yo la cabalgo la sensación que me embarga es ésa: la de estar sobre una yegua musculosa y aterciopelada, puro nervio y docilidad. Es una grupa dura y acaso tan enorme como dicen lasleyendas que sobre ella corren por el reino, inflamando la fantasía de mis súbditos. (A mis oídos llegan todas pero a mí no me enojan, me halagan.) Cuando le ordeno arrodillarse y besar la alfombra con su frente, de modo que pueda examinarla a mis anchas, el precioso objeto alcanza su más hechicero volumen. Cada hemisferio es un paraíso carnal; ambos, se¬parados por una delicada hendidura de vello casiimperceptible que se hunde en el bosque de blancuras, negruras y sedosidades em¬briagadoras que corona las firmes columnas de los muslos, me hacen pensar en un al¬tar de esa religión bárbara de los babilonios que la nuestra borró. Es dura al tacto y dulce a los labios; vasta al abrazo y cálida en las noches frías, una almohada tierna para re-posar la cabeza y un surtidor de placeres a la hora delasalto amoroso. Penetrarla no es fácil; doloroso más bien, al principio, y has¬ta heroico por la resistencia que esas carnes rosadas oponen al ataque viril. Hacen falta una voluntad tenaz y una verga profunda y perseverante, que no se arredran ante nada ni nadie, como las mías.
Cuando le dije a Giges, hijo de Dáscilo, mi guardia y ministro, que yo estaba más orgulloso de las proezas cumplidas pormi verga con Lucrecia en el suntuoso bajel lleno de velámenes de nuestro tálamo que de mis hazañas en el campo de batalla o de la equidad con que imparto justicia, él festejó con carcajadas lo que creía una broma. Pero no lo era: lo estoy. Dudo que muchos habitantes de Lidia puedan emularme. Una noche –estaba ebrio– sólo por averiguarlo llamé al aposento a Atlas, el mejor armado de los esclavosetíopes. Hice que Lucrecia se inclinase ante él y le ordené que la montara. No lo consiguió, por lo intimidado que es¬taba en mi delante o porque era un desafío excesivo para sus fuerzas. Varias veces lo vi adelantarse, resuelto, empujar, jadear y re¬tirarse, vencido. (Como el episodio mortifi¬caba la memoria de Lucrecia, a Atlas lo mandé luego decapitar.)
Porque lo cierto es que a la reina yo laquiero. Todo en mi esposa es dulce, delica-do, en contraste con la esplendidez exube¬rante de su grupa: sus manos y sus pies, su cintura y su boca. Tiene una nariz respin¬gada y unos ojos lánguidos, de aguas mis¬teriosamente quietas que sólo el placer y la cólera agitan. Yo la he estudiado como, ha¬cen los eruditos con los viejos infolios del Templo, y aunque creo saberla de memoria, cada día–cada noche, más bien– descu¬bro en ella algo nuevo que me enternece: la suave línea de los hombros, el travieso hue¬secillo del codo, la finura del empeine, la redondez de sus rodillas y la transparencia azul del bosquecillo de sus axilas.
Hay quienes se aburren pronto de su mujer legítima. La rutina del matrimonio mata el deseo, filosofan, qué ilusión puede durar y embravecer las venas de un hombreque se acuesta, a lo largo de meses y años, con la misma mujer. Pero a mí, a pesar del tiempo de casados que llevamos, Lucrecia, mi señora, no me hastía. Nunca me ha aburrido. Cuando voy a la caza del tigre y el elefante, o a la guerra, su recuerdo acelera mi corazón igual que los primeros días y cuando acaricio a alguna esclava o mujer cualquiera para distraer la soledad de las noches en la...
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