La casona

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  • Publicado : 22 de febrero de 2011
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La casona
Mi madre vivía con el temor de que alguien denunciara a mi padre, y él tenía miedo de que nos juntáramos con los hijos de algún vecino en particular; el caso es que mi infancia tenía su cuota de “yo sé porqué te lo digo”, aunque nunca supe. Papá era de estatura media pero con porte autoritario e imponía con la mirada; sin embargo, su andar cansino demostraba que después detrabajar varias horas, de pie, como peluquero, no le quedaban muchas ganas de imposiciones. En esos tiempos, para ir al trabajo, la mayoría de los vecinos caminaba, o tomaba el tranvía o el colectivo, e igual que ahora, en las horas “pico” iban completos o con seguridad viajaban parados; sólo un par de familias del barrio tenía auto o teléfono para avisar a qué hora llegarían a su casa; cuatro viajesdiarios, en Buenos Aires, desgastaban a cualquiera. Cuando era niña, lo esperaba en la puerta, y apenas doblaba la esquina, le avisaba a mamá para que fuera poniendo la mesa, de modo que pudiera cenar enseguida y descansar; ¡ cuánto tardaba en llegar desde la esquina hasta la casa, que estaba a mitad de cuadra! Mamá era muy obsesiva con el orden doméstico, cada cosa en su lugar, tal vez porquehabía muy pocos muebles donde ubicar las cosas. Todo lo que hacía, limpiar, hacer los mandados, lavar la ropa –por supuesto en el piletón comunitario- testimoniaba su aspecto frágil. Cocinar no era su fuerte, pero confeccionaba chalecos para una sastrería con una maestría digna de la Aguja de Oro. Con frecuencia estaba enferma de algo, entonces me enviaban a la casa de la tía que vivía enLugano; tenía dos años cuando nació mi hermano, “por fin nació el machito, ya tenes la parejita”, seguramente acotaron sus clientes entre corte y afeitada. Sin embargo menos mal que estaba la nena: “vos que sos la mayor ayudale a tu mamá”; así, con mis cinco años, planchaba lo sencillo, hacía las largas colas para comprar el hielo, el oscuro pan de mesa (que no era de centeno o salvado) y algúnque otro menester. La mirada desganada de mi madre durante la infancia fue una constante; papá era de carácter fuerte y percibí desde muy pequeña que la relación entre ellos era tirante, sin gestos de cariño, una vida de costumbre, y hasta sentía que mi hermano y yo éramos una pesada carga para ellos. No obstante, y a pesar de su oficio que lo forzaba a trabajar diez horas por día o más, setomaba el tiempo para llevar a los muchachos del barrio al parque, para jugar al fútbol, los domingos por la mañana, y salíamos por la tarde a visitar a algún tío, o a Palermo, siempre y cuando no jugara el Globito (Huracán). Entonces partían, felices, él y mi hermano, flaco como un gusanito, a la cancha, y a mí me tocaba quedarme en casa, jugando con figuritas o escuchando Las Dos Carátulas o músicaclásica que transmitía radio del Estado: “no sé esta chica a quien sale, tiene ocho años y escucha esa música, por qué no hace algo de nena”, “bueno, mujer, en qué te molesta, dejala que escuche”. Claro, yo no llevaba la vida de una nena, y a la distancia estoy segura que la música me alejaba de la realidad; y fue así desde entonces: la música alimenta mi alma.
Papá y su socio, un turcobuenazo como el pan, tenían la peluquería en Pompeya; con frecuencia los “visitaban” los inspectores por que no tenían la foto de Evita y de Perón: “yo tengo desde siempre el cuadro del General San Martín y la bandera”. No sé por qué no les dio el gusto, ¿qué le costaba, si se las regalaban? “A mí no me van a venir a asustar”. Corría el año 50 y los guapos hacían sonar los cuchillos en las noches;“papá ¿qué es eso?”, “shh, sigan durmiendo”. El “privilegio” de ocupar lo que en su origen habrá sido la sala de la gran casona, nos ponía en contacto con lo que sucedía en el exterior, malo o bueno. ¡Cómo nos hubiera gustado, a mi hermano y a mí poder espiar a los cuchilleros! Después de todo estaban sobre nuestra vereda. Observé varias veces a dos hombres que llevaban cuchillo a la cintura,...
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