La catedral

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La Catedral

Prólogo
1281 Anno Domini

EN el interior de la cripta reinaban las tinieblas, la humedad y el miedo. El hombre que yacía en la oscuridad, sentado en el suelo con los brazos rodeando las encogidas piernas, era un anciano de pelo canoso y piel curtida por la vida al aire libre. Hasta hacía muy poco había sido alguien importante, un maestro de su oficio, pero ahora sólo era unfugitivo. En realidad, un condenado a muerte. Fue precisamente el temor a la muerte lo que le había movido a ocultarse en la cripta secreta. ¿Cuánto tiempo llevaba escondido allí? No lo sabía; los minutos discurren muy lentamente en la oscuridad, pero debían de haber pasado tres o cuatro horas desde que fue testigo de la matanza. Se estremeció. La imagen de sus compañeros atrozmente asesinadosparecía habérsele grabado a fuego en las pupilas, y cada vez que la evocaba, cada vez que pensaba que él podría haber estado allí, compartiendo la terrible suerte de sus amigos, un intenso pánico le embargaba. Se había salvado de milagro, por llegar tarde a la reunión; un simple retraso, ésa era la diferencia entre la vida y la muerte. Cuando llegó, la matanza ya había comenzado y los gritos de lasvíctimas torturaban la quietud de la noche. Luego, ellos le descubrieron, y el anciano tuvo que huir para salvar la vida. Pero ¿dónde ocultarse? Lo cierto es que sólo dispuso de dos opciones: o arrojarse al mar por los acantilados, o —como finalmente hizo— buscar refugio en el templo. Y por eso estaba allí, preguntándose cuánto tardarían sus perseguidores en encontrar la cripta secreta, acurrucado entrelas tinieblas con el corazón encogido de miedo. La culpa era suya, se dijo una vez más; cuando comenzó a abrigar sospechas sobre la auténtica naturaleza de su trabajo, debió compartirlas con los demás. Y cuando el viejo guerrero le confesó sus planes..., entonces debía haber huido, a toda prisa, sin mirar atrás. Pero no lo hizo; pretendiendo mantenerse al margen, se mintió a sí mismo diciéndoseque no hacía otra cosa que ejercer su oficio, cuando lo cierto es que estaba colaborando con el mal más abyecto. Pero ya era tarde para lamentaciones. Ahora debía plantearse el modo de salir de ahí. Aún faltaban unas horas para el amanecer y, amparándose en las sombras, quizá pudiera alcanzar el bosque y, más allá, la libertad. El anciano se incorporó y estiró los miembros para desentumecer losmúsculos. Tanteando en la oscuridad, alcanzó la escalera de piedra y subió por ella. Se detuvo frente a la puerta oculta y permaneció unos instantes con el oído atento, pendiente de cualquier ruido que pudiera delatar la presencia de sus perseguidores, mas sólo escuchó el atropellado latir de su corazón. Finalmente, aferró con ambas manos la palanca que había en el dintel y tiró de ella. La puerta sedeslizó lentamente, acompañada de un chirrido que al anciano se le antojó estruendoso, y dibujó un rectángulo de tinieblas algo menos opacas que las reinantes en la cripta. Tras una breve indecisión, el anciano cruzó el umbral y se encaminó sigilosamente a la salida del templo. Pero no había recorrido más de cinco o seis pasos cuando, de pronto, una silueta surgió de entre las sombras y seinterpuso en su camino.

Era un hombre alto, cubierto con negros ropajes, y en la mano portaba una espada. El anciano se detuvo y profirió un ahogado gemido de pánico. —De modo que estabais aquí, ¿eh, maestro? —dijo el hombre oscuro en tono burlón—. ¿Os habíais olvidado de la cita que teníais con nosotros? El anciano, acicateado por un intenso y ciego terror, retrocedió apresuradamente hacia lacripta, como si allí pudiera todavía encontrar cobijo, mas el hombre de la espada reaccionó con extraordinaria rapidez: dando tres veloces zancadas, alcanzó al anciano y, fríamente, le atravesó el vientre con un vertiginoso tajo de su acero. El anciano, herido de muerte, parpadeó incrédulo. Se llevó las manos al estómago, retrocedió un par de vacilantes pasos, tropezó, cayó por la escalera y quedó...
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