La ciudad de la alegría

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Dominique Lapierre 240P

La Ciudad de la Alegría

"A Tatou, Gaston,
François y James,
y a las "luces del mundo"
de la Ciudad de la Alegría".

Todo lo que no es dado, es
perdido. (Proverbio indio.)

Advertencia al lector

Aunque este libro es el resultado de una larga investigación, en modo alguno pretende ser un testimonio global sobre la India.

Amo demasiado a este país, conozcodemasiado su diversidad, siento demasiada admiración por sus virtudes, por sus logros ejemplares, por su empeño en vencer los obstáculos y por la inteligencia que aporta a la solución de sus problemas, para no poner en guardia al lector contra el peligro de una extrapolación abusiva.

Este testimonio sólo se refiere a un reducido grupo de hombres a los que una Naturaleza implacable y unascircunstancias hostiles arrancaron de sus casas para lanzarlos a una ciudad que ha llevado la voluntad de acoger hasta más allá de lo imaginable.

He decidido respetar su anonimato. Así, pues, he cambiado sus nombres y modificado un cierto número de detalles concernientes a los hechos. Éstos se desarrollaron hace varios años. Pero los hombres que los vivieron existen todavía.

Dominique LapierrePrimera parte

Las luces del mundo

1

Su espesa pelambrera rizada y sus patillas, que se juntaban con las guías caídas de los bigotes, su pecho corto y robusto, sus largos brazos musculosos y sus piernas un poco arqueadas le daban un aire de guerrero mongol. Sin embargo, Hasari Pal, de treinta y dos años, no era más que un campesino, uno de los 548 millones de habitantes de la India quepedían su alimento a la diosa tierra. Había construido su choza de dos habitaciones con adobe cubierto de bálago un poco apartada del pueblo de Bankuli, uno de los 36.543, municipios de la Bengala Occidental, un estado del noreste de la India tres veces más extenso que Bélgica y tan poblado como Francia. Su esposa, Aloka, de corta estatura, piel clara y aire seráfico, con la aleta de la narizatravesada por un aro de oro y los tobillos adornados con varias ajorcas que tintineaban a cada paso, le había dado tres hijos. La mayor, Amrita, de doce años, había heredado los ojos almendrados de su padre y la bonita piel afrutada de su madre. Manooj, de diez años, y Shambu, de seis, eran dos buenos mozos de cabellos negros y alborotados, más dispuestos a cazar lagartos con sus hondas que a empujarel búfalo en el arrozal familiar. Como a menudo era tradicional en la India, también vivía en casa del campesino su padre, Prodip, un hombre enjuto y arrugado, con la cara cruzada por un delgado bigote gris, y su madre, Nalini, anciana encorvada y con más arrugas que una nuez. Hasari Pal albergaba también a sus dos hermanos menores, a sus mujeres y a sus hijos, es decir, en total dieciséispersonas.

Las aberturas de la choza, muy bajas, mantenían un relativo frescor durante el tórrido verano y un poco de calor en las frías noches de invierno. Sombreada por buganvillas rojas y blancas, tenía una estrecha galería cubierta adosada a dos de sus lados. Sentada bajo un tejadillo inclinado, Aloka movía con el pie una especie de balancín de madera provisto de un mazo que servía para descortezarel arroz. Tictac, tictac, a medida que el pedal de arroz subía y bajaba, su hija Amrita empujaba bajo el mazo nuevos puñados de granos. Entonces, el arroz descortezado era recogido por la abuela, que lo seleccionaba. Una vez había llenado una cesta, iba a vaciarla en el "gola", un pequeño troje elevado sobre estacas que había en medio del patio, y cuyo tejado a dos vertientes servía a un tiempo degranero y de palomar.

Alrededor de la choza, los arrozales dorados se extendían hasta perderse de vista, esmaltados de tarde en tarde por el verde oscuro de los huertos de mangos, por el verde claro de los palmares y por el verde tierno de los bosquecillos de bambúes. Como un encaje centelleante en el que se reflejaba el azul del cielo, los canales de riego cuadriculaban el campo con sus...
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