La cruzada

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Prólogo

El majestuoso barco crujía; sus velas ondeaban, infladas por el viento. A días de tierra firme, atravesaba el océano hacia la gran ciudad en
el oeste, portando una preciada carga: un hombre. Un hombre que la tripulación conocía tan solo como el Maestro. Ahora estaba entre ellos, solo, en el castillo de proa, donde se había echado hacia atrás la capucha de su túnica para que lesalpicara el agua del mar, sorbiéndola, con el rostro al viento. Una vez al día hacía aquello. Salía de su camarote a caminar por la cubierta, elegía un lugar para contemplar el mar y después volvía a bajar. A veces se quedaba en el castillo de proa y otras, en el alcázar. Pero siempre clavaba la vista en las olas de blancas crestas. La tripulación le observaba todos los días. Trabajaban, se llamab anunos a otros en la cubierta y las jarcias; todos desempeñaban alguna tarea, mientras no dejaban de lanzar miradas a la solitaria figura pensativa. Y se preguntaban qué tipo de hombre sería, qué clase de hombre tenían entre ellos. Le estudiaban a hurtadillas mientras se alejaba de la barandilla en cubierta y se subía la capucha. Se quedó allí un momento con la cabeza agachada, los brazos colgando,sueltos, a los costados, y la tripulación continuó observándole. Tal vez unos cuantos palidecieron cuando pasó a su lado para regresar a su camarote, y, al cerrarse la puerta detrás de él, todos los hombres advirtieron que habían estado conteniendo la respiración. Dentro, el Asesino volvió a su escritorio, se sentó y se sirvió del decantador de vino antes de alargar el brazo hacia un libro queatrajo hacia él. Después, lo abrió y empezó a leer.

PRIMERA PARTE

1

19 de junio de 1257

Maffeo y yo nos quedamos en Masyaf y permaneceremos aquí de momento. Al menos hasta que una o dos —¿cómo decirlo?— dudas se
resuelvan. Mientras tanto nos quedaremos a instancia del Maestro, Altaïr Ibn-La’Ahad. Frustrante como es entregarse al dominio de nuestros propios caminos de esta forma, sobretodo al líder de la Orden, que ya anciano ejerce la ambigüedad con la implacable precisión con la que una vez blandió la espada y el puñal, yo al menos me beneficio de conocer sus historias. Maffeo, sin embargo, no tiene esa ventaja y cada vez está más inquieto, lo cual es comprensible. Está harto de Masyaf. No le gusta atravesar las empinadas cuestas entre la fortaleza de los Asesinos y la aldeaque hay debajo, y el terreno montañoso no le resulta atractivo. Es un Polo, dice, y tras seis meses aquí, el ansia de conocer mundo para él es como la llamada de una mujer voluptuosa, persuasiva y tentadora, a la que no puede ignorar. Anhela llenar las velas con el viento y partir en busca de nuevas tierras, darle la espalda a Masyaf. Su impaciencia es irritante, podría vivir sin ella,sinceramente. Altaïr está a punto de anunciar algo, lo presiento. Así que hoy le digo: —Maffeo, voy a contarte una historia. ¡Menuda educación la de este hombre! ¿De verdad somos parientes? Comienzo a dudarlo. Porque en vez de acoger la noticia con el entusiasmo que claramente hubiera provocado, juraría que le oí suspirar (o tal vez debería darle el beneficio de la duda: tal vez estaba sin aliento bajo elcalor del sol), antes de preguntarme en un tono bastante exasperado: —Antes de que empieces, Nicolás, ¿te importaría decirme de qué va? No obstante, yo contesté: —Muy buena pregunta, hermano. Y reflexioné un poco sobre el tema mientras subíamos por la temida pendiente. Sobre nosotros la ciudadela se alzaba misteriosa sobre el promontorio, como si la hubieran tallado en la propia piedra caliza. Habíadecidido que quería el escenario perfecto para relatar mi historia y no había nada más apropiado que la fortaleza de Masyaf. Un imponente castillo de muchas torrecillas, rodeado de relucientes ríos, presidía la animada aldea que había debajo, un asentamiento en un punto culminante dentro del Valle Orontes. Un oasis de paz. Un paraíso. —Diría que es sobre el conocimiento —decidí por fin—....
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