La edad de la discrecion

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  • Publicado : 3 de junio de 2011
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LA EDAD DE LA DISCRECIÓN
SIMONE DE BEAUVOIR

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¿Mi reloj está detenido? No. Pero las agujas no dan la sensación de girar. No mirarlas. Pensar en otra cosa, en cualquier cosa: en este día detrás de mí, tranquilo y cotidiano, a pesar de la agitación de la espera.
Enternecimiento del despertar. André estaba encogido sobre la cama, los ojos cubiertos con una venda, la mano apoyadaen la pared, con gesto infantil, como si en la confusión del sueño hubiera necesitado experimentar la solidez del mundo. Me senté en el borde de la cama, apoyé la mano sobre su hombro. Se arrancó la venda, una sonrisa se dibujó sobre su rostro desconcertado.
-Son las ocho.
Instalé en la biblioteca la bandeja del desayuno: tomé un libro recibido la víspera y ya a medias hojeado. ¡Quéfastidio todas esas cantinelas sobre la incomunicación! Si uno quiere comunicarse, mal que bien lo logra. No con todo el mundo, ciertamente, pero si con dos o tres personas. A veces oculto a André caprichos, nostalgias, inquietudes menores; sin duda él también tiene sus pequeños secretos, pero a grandes rasgos no ignoramos nada el uno del otro. Serví en las tazas té de China muy caliente, muyoscuro. Lo bebimos revisando nuestro correo; el sol de julio entraba a raudales en la pieza. ¿Cuántas veces nos habíamos sentado frente a frente ante esta mesita, delante de las tazas de té muy oscuro, muy caliente? Y otra vez mañana, dentro de un año, dentro de diez años... Ese instante tenía la dulzura de un recuerdo y la alegría de una promesa. ¿Teníamos treinta años, o sesenta? Los cabellos deAndré han encanecido tempranamente: en otra época, esa nieve que realzaba la frescura mate cíe su piel parecía una coquetería. Sigue siendo una coquetería. La piel se ha endurecido y agrietado, viejo cuero, pero la sonrisa de la boca y de los ojos ha conservado su luz. A pesar de los desmentidos del álbum de fotografías, su imagen juvenil concuerda con su rostro de hoy: mi mirada no le conoce edad.Una larga vida con risas, lágrimas, cóleras, abrazos, confesiones, silencios, impulsos, y a veces parece que el tiempo no hubiera pasado. El porvenir todavía se extiende hasta el infinito. Se levantó:
-Buena suerte con el trabajo -me dijo.
-Tú también: buen trabajo.
No contestó. En esa clase de búsqueda, forzosamente hay períodos en los cuales no se adelanta: se resigna a eso conmenos facilidad que antes.
Abrí la ventana. París olía a asfalto y a tormenta, abrumado por el pesado calor del verano. Seguí a André con la mirada. Es quizá durante esos instantes, cuando lo miro alejarse, que para mí existe con la más trastornadora evidencia; la alta silueta se empequeñece, dibujando a cada paso el camino de su regreso: desaparece, la calle parece vacía pero en realidad setrata de un campo de fuerzas que lo conducirá otra vez hacia mí como a su sitio natural: esta certidumbre me conmueve todavía más que su presencia.
Seguí un largo momento en el balcón. Desde mi sexto piso descubro un gran pedazo de París, el vuelo de las palomas por encima de los techos de pizarra y esas falsas macetas que son chimeneas. Rojas o amarillas, las grúas -cinco, nueve, diez,cuento diez- obstruyen el cielo con sus brazos de hierro; a la derecha, mi mirada tropieza con una alta muralla perforada por pequeños agujeros: un inmueble nuevo: descubro también torres prismáticas, rascacielos recientemente edificados. ¿Desde cuándo el terraplén del boulevard Edgar-Quinet se transformó en un parking? La juventud de ese paisaje me salta a la vista: y sin embargo, no me acuerdo dehaberlo visto distinto. Me gustaría contemplar uno al lado de otro los dos grabados: antes, después, y asombrarme de sus diferencias. Pero no. El mundo se crea bajo mis ojos en un eterno presente; me habitúo tan rápido a sus rostros que no me parece que cambiara.
Sobre mi mesa, los ficheros, el papel blanco me invitaran a trabajar: pero las palabras que bailaban en mi cabeza me impedían...
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