La gallina degollada

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  • Publicado : 9 de junio de 2009
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La gallina degollada
Horacio Quiroga

Todo el da, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenan la lengua entre los labios, los ojos estpidos y volvan la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a l, a cinco metros, y all se mantenan inmviles, fijos losojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenan fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atencin al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se rean al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegra bestial, como si fuera comida.

Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando altranva elctrico. Los ruidos fuertes sacudan asimismo su inercia, y corran entonces, mordindose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombro letargo de idiotismo, y pasaban todo el da sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantaln.

El mayor tena doce aos, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio ydesvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, haban sido un da el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho ms vital: un hijo: Qu mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagracin de su cario, libertado ya del vilegosmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovacin?

As lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo lleg, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creci bella y radiante, hasta que tuvo ao y medio. Pero en el vigsimo mes sacudironlo una noche convulsiones terribles, y a la maana siguiente noconoca ms a sus padres. El mdico lo examin con esa atencin profesional que est visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Despus de algunos das los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se haban ido del todo; haba quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de sumadre.

-Hijo, mi hijo querido! -sollozaba sta, sobre aquella espantosa ruina de su primognito.

El padre, desolado, acompa al mdico afuera.

-A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podr mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no ms all.

-S...! s! -asenta Mazzini-. Pero dgame: Usted cree que es herencia, que...?

-En cuanto a la herencia paterna, yale dije lo que crea cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay all un pulmn que no sopla bien. No veo nada ms, pero hay un soplo un poco rudo. Hgala examinar bien.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobl el amor a su hijo, el pequeo idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo ms profundo por aquel fracaso desu joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Naci ste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primognito se repetan, y al da siguiente amaneca idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperacin. Luego su sangre, su amor estaban malditos! Su amor, sobretodo! Veintiocho aos l, veintids ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un tomo de vida normal. Ya no pedan ms belleza e inteligencia como en el primognito; pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto...
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