La gota de agua

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  • Publicado : 26 de mayo de 2011
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LA GOTA DE AGUA
—No hay agua.
Con la mala noticia, el domingo 31 de enero amanecía definitivamente sucio. Pensé que me sería imposible abrir los ojos porque tendría los párpados pegados por legañas, duras como resistol. Me sentí anticipadamente mugriento, sudoroso, oliendo a chivo, barbón. El cabello tieso, la cara escurrida, las uñas negras, el alma toda convertida en un costal deinmundicias que debería cargar durante la mañana entera, la tarde y la noche de ese domingo infeliz.
—No exageres —dijo Estela cuando me oyó repelar.
En calzoncillos hice girar las llaves del lavabo y de la re-gadera. Ni una gota cayó de la nariz del lavabo; gorgoriteó apenas la manzana de la regadera y dos o tres lagrimones gravitaron hasta el piso de azulejo gimiendo plop, plop.
—Ni una maldita gotaen toda la casa, me lleva la chingada.
Subí a la azotea y trepé por la escalera marina.
Aunque sabía muy bien, gracias a la ley de los vasos comu-nicantes, que bastaba con asomarme a un tinaco para cono-cer el nivel de agua absoluto, destapé los dos: primero el tinaco derecho y luego el tinaco izquierdo. Vacíos. Dos tina-cotes horizontales con capacidad de 1,100 litros cada uno, sobradosrecipientes para el consumo diario de una familia de seis miembros y dos sirvientas: vacíos, totalmente vacíos, vacíos. Metí la cabeza dentro de los vientres huecos. Parecían dos enormes piñatas de cemento que me habría gustado romper a palos, carajo. Además de vacíos, los tinacos esta-ban sucios. Capas de lodo reseco encenagaban sus fondos: mugre, tierra, lama, seguramente bacterias que el filtro dela cocina no conseguía exterminar y que a través del agua diz-que potable viajaban luego hasta nuestros sistemas digesti-vos provocando las salmonelosis de Mariana, las amibiasis de mi hija Estela o vaya Dios a saber cuáles y cuántas infec-ciones que dejábamos pasar más o menos desapercibidas o automedicadas con cloromicetín.
Problemón también éste: el de los tinacos sucios. No en balde elperiódico del Instituto del Consumidor instaba a todo mundo a desinfectar cuanto antes sus tinacos. Tendría-mos que enfrentar también este problema, pero no ahora, pensé. No ahora, no ahora, seguí pensando mientras descen-día por la escalera marina y recordaba al arquitecto Fernan-do Juárez Jiménez, residente de la Constructora Libertad en el tiempo en que remodelamos la casa.
Estábamos en plenaconstrucción cuando el arquitecto Juárez me dijo:
—Sería bueno hacer una cisterna, ¿no le parece?
El Joven Juárez, como lo apodaban mis hijas, era un mu-chacho moreno y barbón recién recibido en el Poli y recién casado con una chica brasileña. Trabajaba con ahínco en nuestra obra aunque a veces tenía diferencias con Pepita Saissó, la autora del proyecto.
—¿Para qué una cisterna? —pregunté alJoven Juárez.
—Para prevenir la escasez de agua —respondió.
Sonreí discretamente por la nariz, pero lo dejé explayarse en sus teorías sobre el desorbitado crecimiento de una ciudad que en ese año de 1975 empezaba a preocupar, según él, a los urbanistas. Aún las clases medias disfrutábamos mal que bien de los servicios fundamentales, pero en diez años —decía el Joven Juárez— el tránsito se volveráimposible, la polución atmosférica espantosa, fallará el suministro de energía eléctrica y no habrá agua potable suficiente para satisfacer la demanda de una metrópoli en franco proceso de descomposición. ¿De dónde y cómo traer agua hasta una ciudad trepada sobre el altiplano, sin ríos caudalosos que la alimenten? Agotados los mantos acuíferos y exprimidos los manantiales más próximos se haráindispensable ir cada vez más lejos por el agua; entubarla a lo largo de kilómetros y kilómetros, almacenarla y bombearla luego con mayúsculos esfuerzos y gastos de energía a un costo estratosférico. En diez o en veinte años, antes de que termine el siglo —decía el Joven Juárez— un vaso de agua será tan preciado y tan costoso como un vaso de leche.
Volví a sonreír, ahora con lástima. Lástima de...
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