La hija del faraon

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Las hijas de los Faraones
Emilio Salgari

La acción de esta obra continúa en El Sacerdote de Ptah

A ORILLAS DEL NILO
La calma reinaba a orillas del majestuoso Nilo. El sol iba a ocultarse tras las altas copas de las inmensas y frondosas palmeras, entre un mar de fuego que teñía de púrpura las aguas del río, dándole la apariencia de bronce recién fundido, mientras que por levante un vaporvioláceo, cada vez más oscuro, anunciaba las primeras tinieblas. Un hombre permanecía junto a la orilla, apoyado en el tronco de una tierna palmera, en una especie de semiabandono y sumido en profundos pensamientos. Su mirada errante vagaba por las aguas que se hendían con un dulce murmullo entre los troncos de los papiros que emergían entre el fango. Era un hermoso joven egipcio, de unosdieciocho años escasos, espaldas más bien anchas y robustas, brazos musculosos, terminados en largas y delicadas manos, de rasgos muy bellos, proporcionados y de cabello y ojos intensamente negros. Vestía una sencilla túnica que descendía hasta sus pies a largos pliegues, ajustada a su cintura por un ceñidor de lino de franjas blancas y azules. En su cabeza, y para resguardarse de los ardientes rayos delsol, lucía aquella especie de tocado usado por los egipcios de hace cinco mil años, caracterizado por un pañuelo triangular, de franjas coloreadas, ceñido en la frente por una estrecha cinta de piel y con los picos cayendo sobre la espalda. Aquel joven permanecía en una inmovilidad absoluta, como si no se diera cuenta siquiera que las primeras sombras de la noche comenzaban a invadir las palmerasy el río. Como si no viera que permanecer demasiado tiempo en aquellas orillas, tras la puerta del sol, podía resultar muy peligroso. Sus ojos, tan profundamente negros, se hallaban fijos en el vacío, como si persiguieran algo que escapaba cada vez más lejos y que desapareciera entre las tinieblas de la noche, después se movió y apuntaron sus manos un ligero gesto de descorazonamiento. —Tal vez elNilo no me lo devuelva nunca —murmuró—. Los dioses sólo protegen a los Faraones. Alzó los ojos. Las estrellas comenzaban a centellear en el cielo y el suave fulgor purpúreo que apuntaba todavía vagamente hacía poniente, por donde el sol había desaparecido, se diluía con fantástica rapidez. —Volvamos, —dijo para sí el joven—. Ounis estará muy intranquilo y posiblemente me esté buscando por elbosque. Anduvo tres o cuatro pasos, cuando se detuvo, fijando su mirada en las hierbas secas que crecían bajo las palmeras. Había algo que brillaba entre aquellas hojas caídas de los árboles. Se inclinó rápidamente y lo recogió, al mismo tiempo que de su garganta salía un grito apenas sofocado. Era una joya en forma de serpiente enroscada, con la cabeza de buitre, de otro macizo, policromamenteesmaltada a lo largo de sus lados.

—¡El símbolo del poder sobre la vida y la muerte! —exclamó. Durante algunos momentos permaneció perplejo, manteniendo sus ojos fijos constantemente en aquella extraña joya, a la vez que tornábase pálido su color, que era sólo algo bronceado sin llegar a ser tan obscura su piel como la de los modernos fellah, es decir tan morena como la de los campesinos o la de losbeduinos del desierto. —Sí —replicó con un tono que demostraba su profunda angustia—, esto es el símbolo del poder sobre la vida y la muerte, que sólo los Faraones pueden llevar. Ounis me lo ha enseñado varias veces esculpido en las estatuas de las pirámides y en la frente del Gran Kahfri Osiris. ¿Quién debe ser la muchacha que ha salvado de las fauces del cocodrilo? Se paso nuevamente la manopor la frente bañada en sudor, luego siguió diciendo: —Lo recuerdo, esta joya brillaba en medio de su pelo cuando la saqué del agua. El hermoso rostro del joven expresaba una angustia indescriptible. —Soy un insensato —dijo—. ¡Un hombre humilde como yo y he puesto mis ojos en aquella muchacha que me pareció como una diosa del Nilo! ¿Quién soy yo para atreverse tanto y vivir con semejante esperanza...
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