La hijadel faraon

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  • Publicado : 10 de noviembre de 2011
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Georgette Heyer

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LA HIJA DEL “FARAÓN”

ÍNDICE

Capítulo I 3
Capítulo II 13
Capítulo III 26
Capítulo IV 37
Capítulo V 49
Capítulo VI 62
Capítulo VII 72
Capítulo VIII 85
Capítulo IX 95
Capítulo X 103
Capítulo XI 114
Capítulo XII 126
Capítulo XIII 137
Capítulo XIV 150
Capítulo XV 163
CapítuloXVI 173
Capítulo XVII 184

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA 196

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Capítulo I

Al anunciarle su mayordomo la visita del señor de Ravenscar, lady Mablethorpe, que se había quedado adormilada con la lectura de una novela de la biblioteca ambulante, se sentó de un brinco y, con la mano se ajustó el bonete.
—¿Qué decías? ¿El señor de Ravenscar? Dile que suba ahora mismo.Mientras el sirviente se alejaba para transmitir este mensaje al visitante mañanero, su señoría aseaba su desarreglada persona; tomó fuerzas aspirando en sus sales aromáticas, y se acomodó en el sofá para recibir a su invitado.
El caballero que ahora era introducido en la estancia tendría unos veinte años menos que ella, y su estampa parecía singularmente fuera de lugar en el gabinete de unaseñora. Era un hombre muy espigado, con sólidas piernas embutidas en botas de campaña y pantalones de ante, hermosos y anchos hombros bajo un abrigo de tela de buena calidad, talante encorvado, rasgos duros, boca inflexible y ojos grises profundamente impenetrables. Su negra cabellera, levemente ondulada, lucía un corte de pelo que se asemejaba de forma harto peligrosa al que se estilaba en lossuburbios de Bedford. Lady Mablethorpe, que pertenecía a una generación mayor, y que seguía haciendo libre uso de las cajitas de perfume, a pesar del inicuo impuesto del señor Pitt sobre los polvos para cabellos, nunca podía mirar a una nueva cabeza sin sentir un escalofrío. Ahora, tuvo uno al posar su mirada, no solamente sobre el detestable peinado de su sobrino, sino también sobre su desaliñadogabán, sus botas, la singular espuela que llevaba y la forma descuidada con que había anudado su corbata pasando sus extremos a través de un ojal ribeteado en oro. Lady Mablethorpe se llevó de nuevo a las ventanas de su nariz las sales aromáticas, y dijo, apagada:
—Palabra de honor, Max, siempre que te echo la vista encima presiento que voy a oler a establo.
Ravenscar que se paseaba porla estancia, se detuvo dando la espalda al fuego de la chimenea.
—¿Y huele usted? —preguntó amablemente.
Lady Mablethorpe optó por ignorar esa exasperante pregunta.
—¿Por qué, santo cielo, sólo llevas una espuela?
—Es el último grito de la moda —dijo Ravenscar.
—Lo que hace que parezcas un cochero para todo el mundo.
—No pretendo otra cosa.
—¡Y sabes perfectamenteque la moda no te importa un rábano! Te ruego que no le enseñes a Adrian a convertirse en tan vulgar espectáculo de sí mismo!
—No es probable que vaya a crearme tantos problemas —exclamó el señor de Ravenscar frunciendo el entrecejo.
Esta afirmación en nada apaciguó los ánimos de su tía. Manifestó severa que hasta la fecha no había tenido noticia de que la moda consistiera en presentarlos debidos respetos a una dama ataviado con un atuendo tan solo propio de las carreras de caballos.
—En este preciso instante acabo de llegar a la ciudad a caballo —explicó Ravenscar, con una indiferencia que borraba de su explicación toda huella de excusa—. Pensé que deseaba usted verme.
—Durante estos cinco días, y más, estaba esperando verte. ¿Por amor de Dios, dónde andabas metido,fatigante criatura? Fui en coche hasta Grosvenor Square, tan sólo para descubrir que la casa estaba cerrada, y arrancada la aldaba de la puerta.
—He estado en Chamfreys.
—¡Ah, sí! Perfecto, estoy segura de que encontraste a tu madre en excelente estado de salud. Pero vamos, es el colmo de lo absurdo llamar a la señora de Ravenscar tu madre, ya que nada tiene de tal. Y qué disparate…...
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