La hora del angel

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  • Publicado : 9 de noviembre de 2011
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LA HORA DEL ANGEL ANNE RICE

Dedico esta novela a Christopher Rice, Karen O’Brien, Sue Tebbe y Becket Ghioto, y a la memoria de mi hermana, Alice O’Brien Borchardt

Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos. Mateo, 18:10 Del mismo modo, os digo, se alegran los ángeles deDios por un solo pecador que se convierta. Lucas, 15:10 Que Él dará orden sobre ti a sus ángeles de guardarte en todos tus caminos. Te llevarán ellos en sus manos, para que en piedra no tropiece tu pie. Salmo 91:11-12

1 Sombras de desesperación Hubo presagios funestos desde el principio. Lo primero, yo no quería hacer un trabajo en la Posada de la Misión. Estaba dispuesto a cumplir en cualquierotro lugar, pero no en la Posada de la Misión. Y en la suite nupcial además, precisamente en esa habitación, mi habitación. Mala suerte, peor que mala, pensé. Desde luego, mi jefe, el Hombre Justo, no tenía forma de saber, cuando me asignó el encargo, que la Posada de la Misión era el lugar adonde iba cuando no quería ser Lucky el Zorro, cuando no quería ser su sicario. La Posada de la Misiónformaba parte del minúsculo mundo en el que yo no llevaba disfraz. Cuando estaba allí era sencillamente yo mismo, metro noventa y cinco de estatura, cabello rubio corto, ojos grises..., una persona similar a tantas otras que no se parecía a nadie en particular. Cuando estaba allí no me molestaba en alterar el tono de voz ni llevaba las gafas de sol de rigor que ocultaban mi identidad en cualquierlugar que no fuese el apartamento y el barrio donde vivía. Sólo era quien soy cuando iba allí, aunque en realidad no era nadie salvo el hombre que llevaba todos esos complicados disfraces cuando hacía lo que el Hombre Justo me había encargado que hiciese. De modo que la Posada de la Misión me pertenecía, constituía el signo de lo que yo era, y lo mismo ocurría con la suite nupcial, llamada suiteAmistad, bajo la cúpula. Y ahora me pedían que quemara aquel lugar. No para nadie en particular, a excepción de mí mismo, claro. Yo nunca habría hecho nada que pudiese perjudicar a la Posada de la Misión. Era una tarta gigantesca, una quimera en forma de edificio donde solía refugiarme. Un lugar extravagante y laberíntico que abarcaba dos manzanas de la ciudad y en el que yo pretendía, durante uno, doso tres días, que no me buscaran ni el FBI, ni la Interpol, ni el Hombre Justo. Un lugar en el que podía perderme y, de paso, perder mi conciencia. Hacía mucho tiempo que Europa se había convertido en peligrosa para mí a causa del aumento de la seguridad en todos los controles y el hecho de que los organismos policiales que soñaban con atraparme habían decidido que yo estaba implicado en todos losasesinatos sin resolver que guardaban en sus archivos. Si me apetecía encontrar la atmósfera que tanto amaba en Siena o en Asís, o en Viena o Praga, o en todos los demás lugares que ya no podía visitar, me iba a la Posada de la Misión. No era ninguno de aquellos lugares, es cierto, pero me proporcionaba un refugio único y me restituía con espíritu renovado a mi mundo estéril.

No se tratabadel único lugar donde yo no era nadie en absoluto, pero sí del mejor, y también el que visitaba con mayor frecuencia. La Posada de la Misión no estaba lejos de donde yo «vivía», por decirlo de algún modo. Y solía acudir allí, como llevado por un impulso, en cualquier momento en que pudieran darme mi suite. Me gustaban mucho las demás habitaciones, en particular la suite del Posadero, pero valía lapena ser paciente y esperar a que la suite Amistad estuviera libre. A veces me llamaban a uno de mis muchos teléfonos móviles para informarme de que la suite estaba libre para mí. En ocasiones pasaba una semana entera en la Posada de la Misión. Llevaba conmigo el laúd y me entretenía tocándolo. Y siempre tenía un montón de libros para leer, por lo general de historia. Volúmenes sobre la Edad...
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