La loca

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  • Publicado : 3 de junio de 2011
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La Loca
Verán, dijo el señor Mathieu d'Endolin, a mí las becadas me recuerdan una siniestra anécdota de la guerra.
            Ya conocen ustedes mi finca del barrio de Cormeil. Vivía allá en el momento de la llegada de los prusianos.
            Tenía entonces de vecina a una especie de loca, cuya razón se había extraviado bajo los golpes de la desgracia. Antaño, a la edad de veinticincoaños, perdió, en un sólo mes, a su padre, a su marido y a un hijo recién nacido.
            Cuando la muerte entra una vez en una casa, regresa a ella casi de inmediato, como si conociera la puerta.
            La pobre joven, fulminada por la pena, cayó en cama, deliró durante seis semanas. Después, una especie de tranquila lasitud sucedió a la crisis violenta, y permaneció sin moverse, comiendoapenas, revolviendo solamente los ojos. Cada vez que intentaban levantarla, gritaba como si la matasen. La dejaron, pues, acostada, y tan solo la sacaban de entre las sábanas para los cuidados de su aseo y para darle la vuelta a los colchones.
            Una anciana criada permanecía junto a ella, obligándola a beber de vez en cuando o a masticar un poco de carne fiambre. ¿Qué ocurría en aquellaalma desesperada? Jamás se supo, pues no volvió a hablar. ¿Pensaba en sus muertos? ¿Desvariaba tristemente, sin un recuerdo concreto? ¿O bien su pensamiento aniquilado permanecía inmóvil como un agua estancada?
            Durante quince años se quedó así, cerrada e inerte.
            Llegó la guerra; y, en los primeros días de diciembre, los prusianos entraron en Cormeil.
            Lorecuerdo como si fuera ayer. Caía una helada de esas que resquebrajan las piedras; yo mismo estaba tumbado en un sillón, inmovilizado por la gota, cuando oí el golpeteo pesado y acompasado de sus pasos. Desde mi ventana, los vi pasar.
            Era un desfile interminable, todos iguales, con esos movimientos de muñecos que les son peculiares. Después los jefes distribuyeron a sus hombres entre loshabitantes. Me tocaron diecisiete. Mi vecina, la loca, tenía doce, entre ellos un comandante, un verdadero soldadote, violento y tosco.
            Durante los primeros días todo transcurrió normalmente. Al oficial de al lado le habían dicho que la señora estaba enferma, y no se preocupó para nada. Pero pronto aquella mujer a la que nunca veía empezó a irritarlo. Se informó sobre su enfermedad; lerespondieron que la anfitriona guardaba cama desde hacía quince años, a consecuencia de una pena muy honda. No lo creyó, sin duda, e imaginó que la pobre loca no se levantaba por orgullo, para no ver a los prusianos y no hablarles, para no rozarse con ellos.
            Exigió que lo recibiera; lo llevaron a su habitación. Le pidió con un tono brusco:
            «Zírvace uzted, ceñora,lefantarce y bajar, para que la fearnoz. »
            Ella volvió hacia él sus ojos extraviados, sus ojos vacíos, y no respondió.
            El prosiguió:
            «No toleraré maz inzolencias. Ci uzted no ce lefanta por laz buenaz, lla me laz arreglaré para que ce pacee zola. »
            Ella no hizo el menor gesto, siempre inmóvil, como si no lo hubiera visto.
            El rabiaba, tomandoaquel silencio tranquilo por un signo de supremo desprecio. Y agregó:
            «Ci no baja mañana...»
            Y después salió.
           

Al día siguiente, la anciana criada, aterrada, quiso vestirla; pero la loca empezó a chillar, debatiéndose. El oficial subió en seguida; y la sirvienta, arrojándose a sus pies, gritó:
            «No quiere, señor, no quiere. Perdónela; es muydesdichada.»
            El soldado se quedó turbado, sin atreverse, a pesar de su cólera, a hacer que sus hombres la sacaran de la cama. Pero de pronto se echó a reír y dio unas órdenes en alemán.
            Pronto se vio partir un destacamento que sostenía un colchón, como quien lleva a un herido. En aquella cama que nadie había deshecho, la loca, siempre silenciosa, permanecía tranquila,...
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