La maria

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XLVIII
A las siete de la mañana siguiente ya había salido de casa el equipaje de mi padre, y él y yo tomábamos el café en traje de camino. Debía acompañarlo hasta cerca de la hacienda de los señoresde M..., de los cuales iba a despedirme, lo mismo que de otros vecinos. La familia estaba toda en el corredor cuando acercaron los caballos para que montáramos. Emma y María salieron de mi cuarto enaquel momento, lo cual me llamó la atención. Mi padre, después de besar en una de las mejillas a mi madre, les besó la frente a María, a Emma y a cada uno de los niños hasta llegar a Juan, quien lerecordó el encargo que le había hecho de un galapaguito con pistoleras, para ensillar un potro guaucho, que era su diversión en aquellos días.
Detúvose de nuevo mi padre delante de María, antes debajar la escalera, y le dijo en voz baja, poniéndole una mano sobre la cabeza y tratando inútilmente de conseguir que lo mirara.
—Es convenido que estarás muy guapa y muy juiciosa; ¿no es verdad, miseñora?
María le significó una respuesta afirmativa, y de sus ojos que velaba el pudor, intentaron deslizarse lágrimas que ella enjugó precipitadamente.
Me despedí hasta la tarde, y estando cerca deMaría mientras montaba mi padre, ella me dijo de modo que ninguno otro la oyera:
—Ni un minuto después de las cinco.
De la familia de don Jerónimo, solamente Carlos estaba en la hacienda; me recibiólleno de placer, y tratando de obtener de mí, desde el punto en que me abrazó, que pasara todo el día con él.
Visitamos el ingenio, costosamente montado, aunque con poco gusto y arte; recorrimos elhuerto, hermosa obra de los antepasados de la familia, y fuimos por último al pesebre, adornado con media docena de valiosos caballos.
Fumábamos de sobremesa, después del almuerzo, cuando Carlos me dijo:—Por lo visto, me será imposible verte antes de que nos digamos adiós, con tu cara alegre de estudiante, con aquella que ponías para atormentarme al contarte algún capricho desesperador de...
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