La meta

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La Meta
Son las siete y media de la mañana. Sumido en mis pensamientos, conduzco camino a la fábrica. Al cruzar la verja de entrada, la visión de la rutilante Mercedes rojo de Bill Peach el vicepresidente de la división. —Señor Rogo —me llaman. Cuatro hombres salen apresuradamente por una de las puertas laterales de la fábrica. Cuando consigo, por fin, apaciguar los ánimos, me entero de quePeach llegó una hora antes que yo a la planta, exigiendo ver la situación en la que se encontraba el pedido núm. 41427. Esto fue lo que dio lugar a que el desorden habitual se convirtiera en un caos generalizado. En síntesis, resultó que era un pedido importante que estaba muy atrasado. Sencillamente, parece imposible que tengamos una producción normalizada.
— ¡Maldita sea! —Rogo—, no tengo ni unsolo minuto para escuchar excusas. Y tampoco necesito una explicación. Lo que quiero son resultados, pedidos servidos y ganancias. — Ya lo sé, Bill. — Entonces puede que ya sepas que esta división está teniendo las mayores pérdidas de su historia. Estamos cayendo en un agujero del que tal vez no podamos salir, y tu fábrica es la piedra que tira de nosotros hacia abajo. Me siento agotado y lepregunto cansadamente: — Muy bien, ¿qué quieres de mí? Llevo aquí seis meses. Tengo que admitir que en todo este tiempo las cosas han ido a peor y no mejoran. Pero hago todo lo que puedo.
— Al, tienes tres meses para cambiar la situación. — Y ¿suponiendo que no consiga nada en ese tiempo? — En ese caso recomendaré al comité de dirección que cierre la fábrica. Bob Donovan, que camina hacia donde estoyyo — Buenos días —dice. — ¿Qué tienen de buenos? ¿No has oído hablar de la visita de esta
mañana? — Aquí no se habla de otra cosa. — Entonces, ya sabes lo urgente que es enviar el pedido 41427. Noto cómo se ruboriza. — Sobre eso quería hablarte. No sé si lo sabes, pero Tony, el mecánico al que Peach gritó esta mañana, se ha marchado de la empresa.
Al dia siguiente Peach cita a todos losdirectores de la división a una junta.
A las ocho menos diez aparco mi coche en el garaje del edificio UniCo. — Al —oigo a mis espaldas. Nathan Selwin viene hacia mí. Le espero. — ¿Cómo te va? — Bien. Me alegro de volver a verte. — Leí —digo— tu nombramiento para trabajar con el equipo de Peach. Enhorabuena. — Gracias —responde—. Claro que no sé si es lo mejor ahora, con todo lo que está ocurriendomodera el paso y me mira—. ¿No te has enterado? Se detiene de pronto y mira alrededor. No hay nadie cerca. — Es sobre la división. La división entera está en peligro. Quien más quien menos está muerto de miedo. Hace una semana Granby le dijo a Peach que tiene hasta fin de año para aumentar la productividad y que, si no, la división entera iba a ser traspasada. No sé si es cierto, pero dicen que Granbyha dicho que si la división desaparece, Peach lo hará con ella. — ¿Seguro? Nathan asiente, y añade: — Por lo visto todo esto se había decidido hace bastante.
Mientras estoy en la junta tratando de concentrarme recuerdo una charla que tuve hace algunas semanas con un profesor de física de la universidad:
— ¿Me dice que su fábrica utiliza robots? — Sí. En varias secciones. — Y, realmente, ¿hanconseguido aumentar su productividad? — Por supuesto. Tuvimos un aumento del treinta y seis por ciento.
— ¿Así que su compañía ha aumentado beneficios en un treinta y seis por ciento con la instalación de algunos robots? ¡Increíble! — Bueno, no exactamente. Ojalá fuese así de fácil, pero es algo más complicado que eso; en realidad sólo fue en una sección donde conseguimos el incremento del treintay seis por ciento.
— Entonces, ustedes no aumentaron en realidad su productividad. Permítame que le pregunte algo, pero que quede entre nosotros ¿Ha sido su fábrica capaz de terminar un solo producto más al día, por el mero hecho y consecuencia de los cambios producidos con la instalación de los robots? — No —tengo que admitir. — Entonces, dígame, ¿redujeron sus inventarios? — Sinceramente,...
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