La mujer con alas

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La mujer con alas
Una noche, el conde Giorgio Venanzi, aristócrata de provincias, de 38 años, agricultor, acariciando a oscuras la espalda de su mujer Lucina, casi veinte años más joven que él, se dio cuenta de que a la altura de la paletilla izquierda tenía como una minúscula costra.-Cariño, ¿qué tienes aquí? -preguntó Giorgio, tocando el punto.-No lo sé. No siento nada.-Y sin embargo hayalgo. Como un grano, pero no es un grano. Algo duro.-Te lo repito. Yo no ciento nada.-Perdona, ¿sabes? Lucina, pero enciende la luz, quiero verlo bien. Cuando se hizo la luz, la bellísima esposa se incorporó hasta sentarse sobre la cama dirigiendo la espalda hacia la lámpara. Y el marido inspeccionó el punto sospechoso. No se adivinaba muy bien qué era, pero había una irregularidad en la piel, queLucina tenía por doquier extraordinariamente suave y lisa.- ¿Sabes que es curioso? -dijo al cabo de un rato el marido.- ¿Por qué?-Espera que voy a buscar una lupa.-No, no es un granito.- ¿Entonces, qué es?-Como una pelusilla.- ¿Un lunar? -dijo ella.-No, no son pelos, es una suavísima pelusilla.-Bueno, oye, Giorgio, me muero de sueño. Mañana hablaremos. La muerte seguro que no es.-La muerte no, desdeluego. Pero es extraño. Pero por la mañana, nada más despertarse, Giorgio Venanzi volvió a examinar la espalda de Lucina y descubrió no sólo que la irregularidad cutánea en la paletilla izquierda, en lugar de atenuarse o de desaparecer, se había dilatado, sino que durante el sueño se había desarrollado un fenómeno exactamente idéntico y simétrico, en el extremo superior de la paletilla derecha.Tuvo una sensación desagradable.-Lucina -gimió casi- ¿sabes que te ha salido en el otro lado?-¿Qué me ha salido?-Aquella pelusilla. Pero debajo de la pelusilla hay algo duro. Reanudó el examen con el cuentahílos, confirmó la presencia de dos minúsculas zonas de suave y cándida pluma, casi como un botoncito automático. Se sintió invadir por el desaliento. Se hallaba frente a un fenómeno de mínimasproporciones, y sin embargo insólito, completamente extraño a sus experiencias. No sólo eso. La fantasía evidentemente no era el fuerte de Giorgio Venanzi, licenciado en agricultura pero siempre mantenido a distancia, sea por indiferencia o por pereza, de los intereses literarios y artísticos: sin embargo, esta vez, quien sabe por qué, su imaginación se desató: al marido en resumidas cuentas se lemetió en la cabeza que aquellos dos minúsculos plumeritos, sobre las paletillas de su mujer, eran una especie de microscópico embrión de alas. La cosa en sí, más que extraña, era monstruosa; olía, más que a milagro, a brujería.-Oye, Lucina -dijo Giorgio dejando las lupas, después de emitir un profundo suspiro-. Tienes que jurarme decir la verdad, toda la verdad. La mujer lo miró sorprendida.Casada con Venanzi no por amor sino, como todavía sucede en provincias, por obediencia a sus padres, también nobles, que veían en aquel matrimonio una consolidación del prestigio familiar, se había acostumbrado pasivamente a aquel hombre apuesto, enamorado, vigoroso, educado, aunque de mentalidad limitada y anticuada, de escasa cultura, escaso gusto, en casa aburrido y a partir del matrimonio aquejadode unos violentos celos.-Dime, Lucina. ¿A quién has visto estos últimos días?-¿Que  a quién he visto? A las personas de siempre, a quién voy a ver. No salgo nunca de casa, bien lo sabes. A la tía Enrica, fui a verla el otro día. Ayer fui a comprar aquí a la plaza. No recuerdo nada más.-Pero... quiero decir... No habrás ido por casualidad a alguna feria... Sabes, donde están los gitanos...Ella sepreguntó si su marido, normalmente tan sólido, había perdido el juicio de pronto.- ¿Se puede saber en qué estás pensando? ¿Los gitanos? ¿Por qué tendría que haber visto a los gitanos? Giorgio asumió un tono grave y conciliador:-Porque... porque... tengo casi la sospecha de que alguien te ha jugado una mala pasada.- ¿Una mala pasada?-Una brujería, ¿no?-¿Por estas cositas en la espalda?-¡Llámalas...
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