La niña castañares.

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  • Publicado : 5 de septiembre de 2010
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La niña Castañares.

– Caminé por la playa. Sentí ese fuerte viento en mi cara. Un rígido golpe de arena, que me hizo cerrar los ojos. Me molestaba la vista. Y así parpadeé varias veces. Hasta que la arena se esfumó. Hasta que pude ver esa luz. No del sol, ni del día, del atardecer, ni de la noche. La luz de esa mujer, que toda mi vida deseé, y que hoy tendría… – Dijo el joven.

** * * *

Yo vivía en una casa, construida junto al mar. Una espléndida vista, majestuosa. Los peces ya no vivían, la polución de las ciudades aledañas había contaminado todo el mar, los residuos y la basura habían destruido la vida marítima. No solo para los que vivían ahí, sino para los trabajadores, pesqueros y para los que hacían deportes. A veces se veía algún aventurado marinero oalgún ágil surfista como yo, pero poco duraban en la vista de mi ventana. Poca era la gente, también, que venía, no solo durante el año, sino en el verano. Cada vez menos. Las playas se tornaron opacas, el agua turbia, y el viento cesó. Aún así, yo seguía viviendo allí. Mis caminatas por la orilla del mar, mis pies mojándose al sentir cada paso sobre ese polvo blancuzco. Pero no era lo mismo. Mivida era muy solitaria. Mis manos necesitaban otras manos que sentir, otra piel que tocar. Yo necesitaba otra persona con quien hablar, además de mi perro.

Me veía al espejo y veía una barba larga, mis labios resecos del viento, mi piel arrugada de la vejez. La escasa gente que vivía en el pueblo se alejaba más y más de mi hogar. Los niños que hace unos años lanzaban piedras hacia mi casa,hoy en día, eran hombres de familia. Habían pasado muchos, tal vez, demasiados años. La gente me tenía miedo, pues yo no se por qué. Aunque tenía mis sospechas desde hace unos meses atrás. Que ocurrió aquel crimen, el asesinato de esa muchacha, La hija de Doña Mariana. Dulce pequeña. ¡Qué hermosa niña!
Hija de Doña Mariana y Don Pedro Castañares, dueños del único restaurante del pueblo, ElCastaño. Muy bello lugar, donde los pueblerinos se juntaban a comer, se juntaban por algún cumpleaños, alguna fiesta, y fue ahí, justo esa última fiesta que se vio por última vez a la niña. Su cumpleaños número quince, para ser precisos. Su fiesta de quince. Todo el pueblo estuvo invitado, hasta yo estuve invitado, pero no me considero parte del pueblo, pues, yo no nací aquí. El lugar estabamoderadamente decorado, ya que la chica no era ostentosa, y los padres tampoco. Flores en la puerta, y un ramo de flores rosas en cada mesa. Eran siete u ocho mesas, fue hace tantos años, que no recuerdo muy bien. Yo asistí, luego de debatirlo conmigo mismo una y otra vez. Me senté en la mesa número cinco, junto a los quiosqueros de la esquina de las calles Matellán y Orellana, y junto a la familia deLudmila Fernández, compañera de colegio de la niña Castañares. Las sillas eran las mismas del restaurante, sin decoración alguna. La comida se sirvió luego de que presentaron a la cumpleañera. La bella y luminosa señorita Jacinta Castañares. Esos rasgos casi perfectos, completamente diferente a la madre y al padre, como si no fuese de ellos. Con cabello castaño, con algunos rulos pequeños. Unmentón suave, con la pera partida, unos ojos soñadores con pequeños brillitos, su piel parecía sumamente cuidada, y siempre humedecida. Cuando giraba su cabeza, todo el cuarto la iluminaba, por más que no necesitase más luz. Caminaba como una señorita, su contoneo era fabuloso de escuchar. Si uno se paraba en la esquina del colegio, y esperaba a que salieran los niños de clase, se escuchaban solo suspasos, solo sus zapatos. Sus zapatos negros, con un corto taco de mujer, con unas medias blancas, y una pollera que le llegaba hasta sus rodillas. ¡Bendito el hombre que la besaría! ¡Bendito el hombre que la amaría!
Pero hoy, hoy estaba aún más despampanante. Su vestido rosa, como las flores en las mesas, bailaba solo. Su padre la invitó a bailar el vals, como se acostumbra en estas...
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