La ocaloca

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  • Publicado : 8 de agosto de 2010
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Esta novela explora las causas y consecuencias de una situación social lacerante, actual, como es el pandillerismo juvenil. En Roberto por el buen camino ha logrado recoger una amplia gama de sucesos que, desde cada orilla del abismo generado por la descomposición de la sociedad contemporánea en general, le toca vivir cotidianamente a cada uno de los afectados por sus secuelas.La trama, contadadesde adentro, está basada en una visión que es, a la vez, una propuesta para lograr el cambio de actitud que nos lleve a encontrar respuestas que neutralicen ese proceso que está en marcha, y que amenaza con deteriorar para siempre lo más humano que hay en cada uno de nosotros.Fragmento:—Quieto man, ¡si respiras, te mueres!Luis Carlos sintió un objeto metálico en su espalda. Paralizado por laimpresión, vio cómo otro de los malhechores se colocaba detrás de Susana y la halaba por los cabellos, apuntándole con una pistola a la cabeza. En un intento por controlar la situación, preguntó a los delincuentes por sus intenciones. El que parecía ser el jefe le contestó que si quería salir vivo debía retirar todo el efectivo que tenía en su cuenta y entregárselo.Tratando de ocultar el temblor ensus manos, extrajo la tarjeta de su cartera y se la extendió al tipo, quien se echó a reír burlonamente.—Este rabiblanquito enamorado cree que uno es bruto. ¿Quieres ver mañana mi cara en todos los periódicos? ¡Anda tú mismo, saca el dinero y tráeme el comprobante de saldo, quiero verlo en cero! Y cuidadito con lo que haces, pues aquí tenemos a tu pastelito esperándote.Estas últimas palabras lasdijo mientras pasaba el cañón de su pistola muy cerca del mentón de Susana. Estaba consciente de afrontar una situación seria, por eso se apresuró a caminar hasta el cajero y de allí extrajo el efectivo disponible: cuatrocientos dólares. Cuando se lo entregó al que daba las órdenes, éste miró hacia las sombras, de donde enseguida salió un sujeto de aspecto repulsivo, quien pidió el dinero y locontó.—¡Rabiblancos del carajo! ¡Son unos limpios! ¿Crees que tanta alharaca se compensa con cuatrocientos dólares? Vamos a tener que llevarnos tu carro y tu novia. Tal vez te los devuelva más tarde, o lo que quede de ellos, porque esa película que habías comenzado voy a terminarla yo —y se echó a reír grotescamente. —¡Ella no va para ningún lado! Pueden llevarse el carro, pero ella se quedaconmigo.Luis Carlos sujetó a Susana por un brazo, en un intento por quitársela al delincuente, pero de inmediato sintió las manos de los otros tipos que lo sacudían con violencia.—¡Qué novio más valiente tienes, muchachita! Pues veamos si es de verdad. ¡Súbanlo al carro para que también participe en la fiesta! A lo mejor le gusta…—y siguió riéndose mientras abría la puerta del auto que ya consideraban comosuyo. El que sujetaba a Susana, tal vez el más joven entre ellos, se adelantó, con el arma apuntando hacia Luis Carlos. —Jefe, ¿para qué vamos a llevar bultos? ¿No quiere que lo enfríe aquí mismo? Su acompañante le contuvo el brazo, mirándole a la cara con fiereza:—Oye, Tuti, mantente fresco. Recuerda que vine con ustedes a robar, no a matar a nadie.El que daba las órdenes ya había echado a andarel auto, y por sobre el ruido del motor les recomendó con dureza:—Si quieren quedarse a conversar, es su problema. Si no, suban la carga y vámonos. Susana, paralizada por el terror, no podía articular palabras. Temblaba de pies a cabeza cuando los delincuentes la obligaron a entrar al vehículo, junto con Luis Carlos. En medio de la angustia, pudo hacer un espacio para culparse de lo que estabasucediendo. Si no hubiera insistido en retirar dinero, ahora estarían a salvo en sus casas. Lo más seguro era que esos tipos iban a abusar de ella y luego a matarla junto a su novio. Si iba a hacer algo, tenía que ser en ese momento, cuando el auto estaba en la ciudad. Miró al que les apuntaba con la pistola, el tal Tuti; estaba segura de que era menor de edad.—¿Te llamas Tuti, verdad? Eres casi un...
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