La Pachacha

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  • Publicado: 27 de enero de 2014
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La Pachacha
I

Era de color ceniciento, gruesa, de patas cortas y bruta. Su llegada al corral del criadero fue obra de un azar afortunado; porque, nacida y criada en el rincón de un huerto, junto a una acequia fangosa y maloliente, su destino habría sido el de todas las aves que la rodeaban: crecer, entregarse resignada al maridaje tiránico del viejo gallo que imperaba en el huerto, poner eincubar sus huevos, arrastrar la cría cloqueando por entre los berros de la acequia y luego morir obscuramente para alegrar algún almuerzo dominguero.

Pero ocurrió que, deseosa de congratularse con los amos, la mujer de un inquilino la trajo de regalo al menor de los hijos del propietario del fundo, y por deseo de éste fue encerrada en el corral del criadero, donde los amos habían agrupadoprovisionalmente un conjunto de ejemplares finos.

Así, por dictado de la suerte, la Pachacha se halló un atardecer en compañía de aquel selecto grupo de aves de calidad.

Cuando las manos de un sirviente la soltaron por sobre la cerca de alambres, tendió las pesadas alas y con corto y desmañado volido fue a posarse junto a un elegante abrevadero de latón. Sobrecogida de angustia, sin atreversea modular su cacareo vulgar, tendió el cuello orientándose, mientras las demás aves lanzaban al unísono un cloqueo sonoro que a la recién llegada le hizo la impresión de una carcajada burlona.

Podía la Pachanga ser todo lo grosera que se quisiera, con aquella su gordura pesada y su color cenizo, pero su sangre plebeya encerraba una fuerte dosis de malicia y buen sentido; por esto, rápidamente,comprendió que una actitud humilde le convenía en aquella emergencia, y, con pasos cortos, que procuró hacer livianos, se fue alejando del abrevadero, y se arrimó confusa a la cerca.

Mientras, inmóvil y acezando, aguardaba en aquel sitio los acontecimientos, guiño la cabeza en todas direcciones para orientarse.

El corral era ancho y largo, suavemente empastado y plantado en cerezos por unflanco. A lo largo de su línea central había tres abrevaderos de bruñido latón y en el extremo una división de madera con pequeñas puertas a ras del suelo, y de las cuales se escapaban algunas briznas de paja. Agrupados al pie de los cerezos, una treintena de gallinas y de pollos, de entre los cuales emergían las crestonadas testas de los gallos, se movían curiosas, tendiendo el cuello hacia larecién llegada.

¡Qué colores y que forma!
¡Cuánta elegancia y cuánta distinción!

La Pachacha admiró con todo el fervor de su sangre plebeya aquel conjunto de ejemplares, que solo pudo imaginar en las horas de ensueño, junto a la acequia turbia de su huerto nativo. Le recordaban los relatos que escuchó –hacia ya tiempo– a un famoso “gallo inglés” que estuvo de paso entre los suyos un atardecer,la víspera del día en que iba a ser conducido a una cancha de pelea. Ella había admirado la entereza y la hombría de aquel Inglés, que puso de relieve la cobardía y la brutalidad del gallo de la casa. Pero ahora su admiración...

De pronto suspendió sus reflexiones, advirtiendo en los grupos de aves cierto movimiento que a su timidez le pareció agresivo. Escuchó cloqueos ininteligibles; setrataba de ella, seguramente...Y casi al punto un gallo blanco, albisimo, de larga y curvada cola, roja y ancha la cresta, se desprendió del grupo y vino hacia la forastera. Transida de miedo, la Pachacha se encogió, sin dejar de admirar las maneras gráciles con que el gallo se le iba acercando: nada de aquellas carreras pesadas del gallo del huerto, y que terminaban con un picotazo y una caricia quetenia toda la agresividad de una violación; el gallo blanco y crestudo venia ahora lentamente, picoteando el suelo y lanzando suavísimos cloqueos; se aproximaba como convenciéndola de que sus temores no tenían fundamento. Y así que estuvo próximo, inclino la roja testa, tendió el ala blanca y con melodioso murmullo giró en torno de la cuitada.

¡Qué rueda, Dios santo!
Con firme acento el...
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