La panza del tepozteco capitulo 2

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II

—¿Estás seguro de que éste es el camino? —preguntó Alaín, porque, en
realidad, no se veía ninguno, y ellos sólo podían seguir a Pancho, quien a su
vez apartaba ramas y plantas para abrirse paso.

—Sí, claro —respondió Pancho—. Acabo de venir y dejé bien marcado el
camino.

28

—Pero en temporada de lluvias todas tus marcas no sirven para nada.

—Yodejé marcas que no se borran —insistió Pancho, y se detuvo. Miró con
atención hacia las inmensas paredes del Tepozteco y estableció algún tipo de
relación porque prosiguió la marcha.

Habían salido a las ocho de la mañana de casa de Alaín, con lámparas, comida
y el machete; subieron a la sierra del Tepozteco por una falda que primero era
muy árida, polvosa y empinada, pero quepronto se convirtió en vegetación
profusa que cerraba los caminos. Subieron sin dificultades hasta que llegaron a
los Corredores y a la pequeña cueva del día anterior.

De allí tuvieron que pasar con mucho cuidado por una vereda pequeñísima en
pleno espinazo de un inmenso acantilado. Aún no estaban muy arriba, pero la
altura allí ya era suficiente para impresionarlos a todos,especialmente a los
chavos de la ciudad, que, como siempre, se movían con muchos trabajos por la
selva del monte. Eran medio mensitos, pensaba Pancho. De ellos, Alaín sin
duda era el mejor, casi lo hacía a la perfección, pero eso no tenía mucho chiste
porque él pasaba cuando menos un tercio del año en Tepoztlán desde niñito...
Después de Alaín, ¡Erika! Esa condenadachamaca era buena en el monte,
trepaba con facilidad los grandes peñascos, se subía a los árboles, realmente sí
la hacía; con algún tiempo podría ser una buenaza. Indra, en cambio, era la
que menos podía, siempre se quedaba atrás y turbaba notablemente a Pancho,
pues de pronto lo miraba como nadie lo había hecho jamás.

Los demás la hacían con dificultades y aveces había que ayudarlos, sobre
todo al cruzar los repentinos chubascos disfrazados de arroyos que caían entre
las rocas y las hacían muy resbaladizas. Pancho se rio mucho cuando, al
encontrar la primera de estas cascadas, el gordo Tor tuvo que pasar a gatas
entre las rocas, y acabó empapado.

—No te rías —le dijo Alaín—. Un día él se va acarcajear cuando te vea
pendejeándola en Perisur.

Ya habían subido un largo trecho; cuando reencontraban el espacio abierto,
Tepoztlán estaba cada vez más abajo y a la derecha. Primero los chilangos
iban plática y plática, risa y risa, y Erika pretendía decir por dónde debían ir;
después se pusieron a cantar “por delante y por detrás”, pero a esas alturastodos iban en silencio, cada vez más cansados, entre la maleza, que siempre
era exuberante, y los arroyos-cascada, que surgían cada vez más. La aparición
del paisaje, cuando llegaban a los acantilados, les levantaba el espíritu, aunque
el cielo empezaba a cargarse de nubes allá a lo lejos, por el Popocatépetl.

29

—Ya mero llegamos? —preguntaba Selene confrecuencia, y fue ella quien
logró que Érika procediera a la primera repartición de gansitos, papas fritas,
sugus, frutas, y especialmente de la maravillosa combinación de cacahuates,
pasitas y chocolates m&m, o “chocasitas”, que preparó Coral, la mamá de
Alaín, “para que no les fallaran las calorías”.

—Oye, si me has dicho que íbamos a trepartanto, yo no vengo —declaró
Indra mientras engullía una dona.

—Yo tampoco —afirmó Yanira.

—Pues cómo son aguadas —terció Erika—. Ha estado duro, pero de muy
buena onda.

—A mí me tiemblan las patitas —reveló Selene.

—A mí me temblaron ayer, al bajar —agregó Indra.

Recordaron entonces que a todos les habían temblado, o cuando menos
vibrado, las...
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