La posada de las dos brujas

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Joseph Conrad





LA POSADA DE LAS DOS BRUJAS



Un hallazgo





Este relato, episodio, experiencia—como ustedes quieran llamarlo— fue narrado en la década de los cincuenta del pasado siglo por un hombre que, según su propia confesión, tenía en esa época sesenta años. Sesenta años no es mala edad a menos que la veamos en perspectiva, cuando, sin duda, la mayoría de nosotros lacontempla con sentimientos encontrados. Es una edad tranquila; la partida puede darse casi por terminada; y manteniéndonos al margen empezamos a recordar con cierta viveza qué estupendo tipo era uno. He observado que, por un favor de la Providencia, muchas personas a los sesenta años empiezan a tener de sí mismas una idea bastante romántica. Hasta sus fracasos encuentran un encanto singular. Y,desde luego, las esperanzas del futuro son una buena compañía, formas exquisitas, fascinantes si quieren, pero —por así decirlo— desnudas, prontas para ser adornadas a nuestro antojo. Las vestiduras fascinantes son, por fortuna, propiedad del inmutable pasado, que sin ellas estaría acurrucado y tembloroso en las sombras.


Supongo que fue el romanticismo de esa avanzada edad lo que llevó a nuestrohombre a relatar su experiencia para su propia satisfacción o para admiración de la posteridad. No fue por la gloria, porque la experiencia fue de un miedo abominable, terror, como él dice. Ya habrán adivinado ustedes que el relato al que se alude en las primeras líneas fue hecho por escrito.


Ese escrito es el Hallazgo que se menciona en el subtítulo. El título es de mi propia cosecha (nopuedo llamarlo invención) y posee el mérito de la veracidad. Es de una posada de lo que vamos a tratar aquí. En cuanto a lo de brujas, es una expresión convencional y tenemos que confiar en nuestro hombre en cuanto a que se ajusta al caso.


El Hallazgo lo hice en una caja de libros comprada en Londres, en una calle que ya no existe, en una tienda de libros de segunda mano en la última fase de sudecadencia. En cuanto a los libros, habían pasado por lo menos por veinte manos y al examinarlos resultó que no valían siquiera la pequeña cantidad de dinero que pagué por ellos. Realmente tuve cierta premonición cuando le dije al librero: «Déme también la caja.» El arruinado librero asintió con el gesto trágico y descuidado de un hombre destinado a la extinción.


Un montón de páginas sueltasen el fondo de la caja animó débilmente mi curiosidad. La letra compacta, ordenada, regular no era muy atractiva a primera vista. Pero cuando leí que el escritor tenía en 1813 veintidós años, me llamó la atención. Veintidós años es una edad interesante en la que se es fácilmente imprudente y asustadizo; se reflexiona poco y la imaginación es viva.


En otro lugar, la frase «Por la nochecorrimos bordeando la costa» atrajo mi distraída atención de nuevo porque era una frase de marino. «Vamos a ver de qué se trata», pensé sin mayor entusiasmo.


¡Pero qué aburrido era el aspecto de aquel manuscrito, con sus líneas rigurosamente iguales en su orden cerrado y regular! Parecía el murmullo de una voz monótona. Un tratado sobre la refinación de azúcar (lo más pesado que se me ocurre)hubiera tenido un aspecto más ameno. «En 1813 tenía veintidós años», empezaba con gran seriedad y seguía con una tranquila, horrible dedicación. No piensen ustedes que aquello tenía nada de arcaico. El ingenio diabólico aplicado a la invención, aunque es viejo como el mundo, no es un arte perdido. Piensen en los teléfonos, que se encargan de destrozar la escasa tranquilidad de espíritu que nos es dadaen el mundo y en el poco tiempo que precisa una ametralladora para arrancarnos la vida del cuerpo. En nuestros días cualquier vieja bruja de vista nublada, con fuerza suficiente para manejar una pequeña manivela insignificante, podría tirar por tierra a un centenar de jóvenes de veinte años en un abrir y cerrar de ojos.


¡Si esto no es el progreso!... ¡Qué enormidad! Hemos adelantado, y por...
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