La rebelion

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Rómulo Gallegos
La rebelión (1922)
- I -
Mano Carlos
Esto fue cuando Juan Lorenzo tenía cinco años.
Una noche, a las primeras horas, estaba él en las piernas de la madre, que le cantaba para dormirlo, cuando llegó un hombre a la puerta y dijo:
-Señora, dígale a Mano Carlos que aquí está Julián Camejo que viene a cumplile lo ofrecío.
Efigenia dejó al niño en la mecedora y entrando enel cuarto del marido se acercó a la hamaca donde él estaba y le dijo, con su voz de sierva sumisa que habla al amo que acaba de azotarla:
-Que ahí está Julián Camejo que viene a cumplirte lo ofrecido.
El hombre saltó de la hamaca y se precipitó fuera del cuarto a grandes pasos, a tiempo que desabrochaba la tirilla del revólver en la faja que llevaba siempre al cinto.
Efigenia comprendióentonces lo que iba a suceder pero no hizo nada por evitarlo, paralizada por el terror. Juan Lorenzo que estaba mancornado en la mecedora, se enderezó rápidamente cuando el padre atravesó el corredor, dirigiéndose a la calle.
Transcurrieron los instantes precisos para que el Comandante Carlos Gerónimo Figuera atravesara el zaguán; pero a Efigenia le parecieron infinitos, porque durante ellos estallaronen su cerebro un tropel de pensamientos que, para sucederse unos a otros habían requerido largo espacio de tiempo. Esperando oír el disparo inevitable le pareció que dilataba tanto que se preguntó mentalmente: ¿Cuándo sonará?
Por fin oyó. Algo espantoso que no se borraría jamás de su memoria: un quejido estrangulado, corto, angustioso como un hipo mortal, y luego el ruido del portón contra elcual había caído algo muy pesado.
Mucho tiempo después Efigenia recordó que entonces había dicho ella, lentamente y a media voz: ¡ya lo mataron!; y que afuera, en la calle, en todo el pueblo, en el aire, había un silencio horrible.
Luego comenzaron a oírse voces de los vecinos agrupados en la puerta. Lamentaciones de mujeres que parecía que hablaban tapándose las bocas con las manos trémulas deespanto:
-¡Ave María Purísima! ¡Dios me salve el lugar!
Un hombre que decía:
-¡Lo sacó de pila!
Una voz autoritaria.
-No lo atoquen. Hasta que no venga el Juzgao no se pué levantá el cuerpo.
Voces lejanas:
-¡Cójanlo! ¡Cójanlo!
Poco después, Juan Lorenzo, que se había quedado inmóvil en su asiento del corredor, vio que unas mujeres abrían la entrepuerta para dar amplio paso a los que traíanel cadáver del Comandante Figuera. Cautelosamente fue deslizándose en el asiento hasta alcanzar el suelo y sin quitar la vista de la puerta por donde iba a aparecer aquella cosa horrible. Luego echó a correr hacia donde estaba la madre. 
- II -
La otra Efigenia
Han transcurrido unos días. Un viajero que viene de Caracas se detiene en la casa de Efigenia y habla con ella.
-Bueno, comadre. Yocumplí su encargo. Pero francamente le digo que me ha pesao, porque aquellas señoras tías suyas, en cuanto no más les dije a lo que iba me saltaron encima, como unas macaureles. Y usté perdone la comparación.
A Juan Lorenzo le hizo mucha gracia y estuvo riendo largo rato.
-¡Como unas macaureles! ¡Ja, ja, ja!...
El hombre sonreía mirándolo tan regocijado.
-¡Ríete! Que ya vas a sabé tú pa quénaciste.
Efigenia sonreía también; pero su sonrisa era algo muerto sobre su rostro alelado. Luego dijo, sin haber recogido todavía aquella sonrisa que se le había quedado olvidada en la faz triste:
-¿Quiere decir que no están dispuestas a recibirme?
-Tanto como dispuestas no creo yo que puea decí; pero después que me tupieron con sus desahogos contra usté y contra el difunto mi compae, que en pazdescanse, me dijeron que podía decirle a usté que qué se iba a hacé; que por lo visto ellas no tenían más misión en el mundo que estaba recogiendo a usté y a lo que usté quisiera llevarles pa su casa. Porque sin yo estásela preguntando me soltaron toa la historia suya: que si su padre de usté se enredó con una mujer que no era igual a él y la tuvo a usté por trascorrales: que si un día se presentó...
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