La reina del pacifico

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  • Publicado : 5 de diciembre de 2009
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La reina del pacifico

CAPÍTULO PRIMERO
LA TRAICIÓN 
Cuando despuntó el alba la nave no estaba todavía en condiciones de navegar.
Los carpinteros habían trabajado sin tregua, pero aún no habían logrado tapar por completo la vía de agua abierta a proa, cuyas dimensiones ponían en serio peligro a la nave.
Tampoco el timón estaba terminado, así es que Morgan se veía obligado a esperar otrasveinticuatro horas antes de alejarse de aquellos parajes que podían ser peligrosísimos, porque eran frecuentados por las naves españolas.
Durante la noche el velero, arrastrado por alguna corriente, se había acercado tanto a la costa venezolana, que a simple vista se la distinguía vagamente. Cuál era, ninguno lo sabía, porque ni aun el capitán español pudo dar información precisa, afirmando quehacía cuarenta y ocho horas que no podían tomar la altura a causa del huracán.
También el otro barco, abandonado a sí mismo, había sido arrastrado hacia el sur durante la noche, y se le veía a una distancia de diez o doce millas, un poco inclinado sobre babor, pero flotante.
Morgan, que tenía prisa por ponerse a la vela y refugiarse en las Tortugas, y por saber si los otros barcos de la escuadra,que llevaban gran parte de las riquezas apresadas, se habían salvado, no había salido de la cala, donde animaba a los carpinteros.
Hasta los prisioneros españoles habían sido empleados en formar una doble cadena, trabajando con achicadores y cubos, que llevaban llenos de la sentina y vaciaban sobre cubierta.
En esto cayó la noche, sin que el trabajo hubiese terminado, con gran disgusto de latripulación, que comenzaba a desesperar de conseguir que el velero quedase en condiciones de navegar.
Todos estaban exhaustos, especialmente los hombres de las bombas y los prisioneros dedicados a la cadena; tanto, que varios de éstos, no obstante las amenazas de Pedro el Picardo, se habían negado resueltamente a trabajar más.
¡Esto va mal! dijo Carmaux, que había subido sobre cubierta a tomar unpoco de aire y que por sus compañeros supo las noticias. ¡Se diría que algún santo o algún demonio protege al conde de Medina! Si esto sigue así, en vez de ir a las Tortugas naufragaremos en las costas venezolanas.
¿Lo crees, compadre? preguntó Van Stiller, que había cambiado la guardia con un amigo.
Esta mañana la costa estaba apenas visible, y ahora se distingue perfectamente. ¡Hay una malditacorriente que fatalmente nos arrastra hacia el sur!
¿No puede taparse esa vía de agua?
Parece que se ha abierto otra. Me han dicho que ahora el agua entra por la popa.
¿No la habían visto antes?
No.
¿Cómo te explicas esa historia?
Corren sospechas.
¿Cuáles?
Que algunos prisioneros, aprovechándose de la poca vigilancia que ejercen nuestros hombres, ocupados con las bombas, han agujereado lanave por ese lado.
El capitán debía ahorcarlos.
¡Ve a saber quiénes son!
¿Y que dice el señor Morgan?
Está furioso, y ha amenazado con tirar al mar a todos los prisioneros si logra descubrir a alguno con el aparejo de taladros.
 ¿Has vigilado al Gobernador?
No le he dejado ni un momento; y creo que ha sospechado ya que desconfío de él.
¿Habrá sido él quien ha hecho el agujero?
No, porquesiempre le he visto en las bombas repuso Carmaux.
¿Tendrá algún cómplice?
¡Quién sabe!
Mejor hubiera hecho el señor Morgan dejando a todos los prisioneros en tierra. ¡Siempre es un peligro más! dijo el hamburgués.
 ¡Pero valen millares de piastras, compadre!
 ¡Truenos de Hamburgo! exclamó tras una pausa Van Stiller. ¡Diríase que la hija del Corsario nos ha traído la mala suerte!
¡Bah! ¡No hayque desconfiar! dijo Carmaux. El timón ya está en su sitio; y si esta noche los carpinteros logran tapar la vía de agua, mañana pondremos la proa al norte.
A media noche, cuando ya confiaban en poder dar los últimos golpes en las tablas y espartos colocados en la vía de agua, los carpinteros fueron sorprendidos por una imprevista irrupción de agua que venía de babor con tal rapidez, que en...
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