La ultima confesion

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LA ÚTIMA CONFESIÓN
MORRIS WEST

Agradezco de todo corazón a Thomas Keneally por su generosa y espléndida introducción, a Angelo Loukakis por su nota del editor y a Beryl Barraclough por su contribución al epílogo, así corno por su ayu¬da en muchos otros aspectos. Todos ellos han hecho posible la publicación de este libro.
Joy WesT


Prólogo

Cuando llegué a Londres por primera vez en1970, como un joven escritor de los confines de la Tierra que hacía la visita obligada al que entonces era el centro del mundo literario, descubrí que allí había un australiano que había llega¬do antes que yo. Su nombre estaba en letras de molde en el West End, fuera del teatro donde se representaba su pieza El hereje. Habiendo sabido por sus primeros libros que estaba interesado en las anomalíasde la fe, en la cuestión de dónde había, dentro de los legalísimos de la Iglesia, un lugar para la trascendencia, la alegría y la exuberancia del pensamiento, no me sorprendió en¬terarme que la pieza trataba sobre el más exuberante de todos los herejes italianos, Giordano Bruno.
Bruno era un espíritu libre -cosa peligrosa-, y sufrió la muerte por su derecho a ciertos conceptos. Por conversacionesposteriores con Morris, en la franca y jovial luz de Avalon, Nue¬va Gales del Sur, supe que Giordano Bruno era su alma gemela, alguien con cuya historia de vida Morris se identificaba, a pesar de que poseía un temperamento algo menos estridente que el de Bruno. Como Morris le hizo decir en su historia: "Sacerdote réprobo, un monje fugitivo, un mago con una caja de trucos de prestidigitador, unfanfarrón, un embustero, un pretencioso portador de antorchas afanándose en su propia oscuridad, lo¬cuaz en el diálogo, viperino en el debate". Como Morris, Bruno fue un escritor prolífico que se ocupó de una gama de temas, y un autor teatral. Más importante, cuando lo acusan de haber ido a Zurich para convertirse en calvinista, aparece diciendo: "Era un alma atormentada, que trataba de encontraralgo con qué cubrirse el cráneo a punto de estallar". Morris también pasó su vida noblemente buscando con qué cubrirse.
Sé que es motivo de consuelo para la familia de Morris que él haya muerto de la manera en que los escritores dicen que quieren morir: en su escritorio y al final de un párrafo particu-larmente bueno. Por contraste, su amigo a través de los siglos, Bruno, murió al final de sieteaños de interrogatorios, riguroso tratamiento penal y torturas ocasionales, en una horrible exhibi¬ción de venganza institucional; en este caso, de la Inquisición. Morris resume mordazmente el muy humano dilema de ese hom¬bre, el contraste entre el gran y largo alcance del intelecto y los límites del cuerpo. "¡Escribiste tan confiado sobre un universo infinito y sobre mundos plurales más allá denuestros ojos; sin embargo no puedes controlar ni siquiera esta minúscula rato¬nera en tu propio planeta!" Morris también recorrió a gran¬des pasos el universo, pero al final cayó en alguna traición íntima e instantánea de su propio cuerpo, como todos lo ha¬cemos si morimos pacíficamente. La muerte llegó a Bruno hace mucho, en una pira en el Campo del Fion en Roma, el 17 de febrero de 1600. Sinembargo, corno se verá, el último párrafo de Morris, escrito en los últimos segundos de su vida, lo conecta al hereje hace tanto tiempo muerto, v es profético tanto para Bruno -porque un escritor seguramente puede ser un profeta, alguien que dice la verdad, retrocediendo en el tiempo- como para el propio Morris, y para el resto de nosotros todavía pen¬dientes del dilema humano.
Éste es un librorecorrido por la expectativa de la muerte y la necesidad de amor como la única respuesta viable a eso. No es un secreto para los amigos de Morris y para sus lectores que él era un hombre muy compasivo. Su amor por la humanidad se combinaba con una confiada mundanidad y con una aguda con¬ciencia de las tentaciones que la ortodoxia representa para aqué¬llos propensos al autoritarismo y al absolutismo....
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