La vida no tiene nombre - mario veloz maggiolo

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LA VIDA NO TIENE NOMBRE
Por Marcio Veloz Maggiolo Las tierras del Este son pródigas en caña de azúcar y yerba para el ganado. Son tierras donde los hombres no tenemos ni siquiera precio; donde los hombres trabajamos como animales, de sol a sol, por unos cuantos centavos americanos. Para mí, que en estas tierras uno ya ha perdido hasta la conciencia, porque cada familia tiene miedo de sus vecinosdebido al terror que implantan los invasores con la fuerza de sus fusiles Miau— ser y de sus ametralladoras. Ellos han establecido sus leyes a fuerza de ahorcamientos y balazos. Todos las respetamos, o mejor dicho, casi todos. Antes este país fue de los españoles. Contaban los viejos de mi campo lo mucho que se tuvo que pelear para echarlos fuera. Los dominicanos somos como la caña de azúcar,tenemos la sangre dulce y parece haber quienes tienen siempre la necesidad de chuparnos como a bagazos. Los haitianos nos invadieron una vez, y los franceses y los ingleses; todo esto me lo dijeron los que saben de estas cosas y se han guardado sus historias para que los que vivimos en el campo no olvidemos que morir por nuestra tierra es un honor. A mí ni siquiera tienen que decírmelo. Yo estoy aquícon una gran llaga en una pierna y espero de un momento a otro el pelotón de fusilamiento de la guardia nacional. ¿Saben ustedes lo que es la guardia nacional?... Pues una milicia que los americanos han inventado, con la cual persiguen a los dominicanos que andan alzados por los campos... ¡ Es terrible! Las tropas de los gringos recorren en mulos caballos los innumerables caminos que se pierdenentre los cañaverales Y bateyes. Ellos son de un país que se llama “Los Estados Unidos”. Un país que a pesar de su nombre no quiere unirse a nosotros y ayudarnos, sino darnos mal trato y mala vida. Llegaron un buen dia los marinos de Estados Unidos y oí decir que un tal míster Knapp tenía la muñeca fuerte, es decir: era capaz de meter en cintura al más pintado. Yo no lo conocí; sólo he oídomencionar su nombre, y les juro que lo que dicen de él parece verdad: por muertes y atropellos no se paraba el míster Knapp. Le partió el pescuezo a muchos infelices, y dicen que se reía cuando le informaban que uno de nosotros había caído en las garras de los marinos. Esto sólo puedo asegurarlo a medías, porque también lo he oído, pero a juzgar por las cosas que he visto hacer a otros americanos, nodudo que lo del tal míster Knapp pueda ser cierto.

Estoy preso por dos delitos: haber combatido a las fuerzas de ocupación y haber asesinado a mi padre. De los dos me siento conforme. Yo soy un hombre sincero, un hombre al que no le gustan las mentiras, un hombre que un día trató de olvidar su pasado y no pudo. En estas tierras del Este son así las cosas. Nadie sabe cuando le viene a uno la defuñirse, la de salir embarrado. A mí me sucedió la cosa y aquí estoy, esperando que cualquier cabrón dé la orden de fusilamiento y me cuadren tres o cuatro balas en medio del pecho o en plena cabeza. Caeré como lo que he sido: un hombre que no le tiene miedo a la muerte, un hombre valiente. Sí señor, yo puedo decir, sin temor a ruborizarme, que soy un guapazo, y mis compañeros muertos hace ya tiempono me dejarían mentir si estuviesen aquí, cerca de mi. Combatí a las tropas de ocupación y desgañoté a mi padre. Por eso estoy aquí. Pero resulta extraño cómo cosas que no tienen nada que ver la una con la otra se juntan para desgraciar a uno. Cuando salí a visitar mi padre no llevaba la intención de matarlo, aunque se lo merecía; o tal vez la llevaba tan profundamente metida entre las costillasque no me daba cuenta de nada. La pura verdad es que tuve mala suerte. Yo pude vivir felizmente y el destino me hizo una jugada terrible. Yo pude vivir en sosiego; cuando me atraparon los yanquis era yo un hombre de paz, pero ellos no podían perdonarme mi pasado y mucho menos mi crimen, lo comprendo, por eso me patearon corno un animal cualquiera y me pelaron la espalda a fuerza de tablazos....
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