Laa sombraa

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  • Publicado : 26 de mayo de 2010
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Ninguna novela se concluye sin recibir alguna ayuda. Algunas veces esta ayuda es técnica, como la de los lectores que revisan los primeros borradores o el manuscrito y señalan los errores cometidos. Otras veces es menos tangible pero igualmente importante (los niños que te dejan tranquilo cuando preferirían que salieras con ellos a lanzar unas canastas). Para completar este libro he contado conla inestimable ayuda de mis amigos Jack Rosenthal, David Kaplan y Janet Rifkin, Harley y Sherry Tropin, cuyos comentarios han contribuido a mejorar la versión final.
Hay muchos libros extraordinarios que tratan sobre el Holocausto, cada uno de ellos más desgarrador, más conmovedor, más frustrante, más sorprendente, si cabe, que el anterior. No pretendo hacer una lista con todos los que heexaminado, pero hay uno que merece la pena mencionar. Cuando empecé a cultivar las semillas de las ideas que finalmente se convirtieron en esta novela, el difunto Howard Simon de la Universidad de Hardware me dio su ejemplar de una obra realista extraordinaria: The Last Jewis In Berlin, de Leonard Gross. Las personas que estén interesadas en conocer lo que es la verdadera inventiva y valentía haríanbien en leerlo.
Como siempre, mi mayor deuda es para con mi familia, por lo que este libro está dedicado a ellos: Justine, Nick y Maddy.

1

Una muerte interrumpida

A primera hora del atardecer de lo que prometía ser una noche sofocantemente calurosa de pleno verano en Miami Beach, Simon Winter, un anciano cuya profesión durante años había estado relacionada con la muerte, decidió queya era hora de acabar con su vida. Por un instante no le agradó ser la causa del sucio trabajo que iba a dejar a los demás; aun así, se dirigió sin prisa hacia el armario de su habitación y sacó un revólver detective special calibre 38 de cañón recortado, lleno de rasguños y rozaduras, de una pistolera de piel marrón, ajada y manchada de sudor. Abrió con un chasquido el tambor y sacó cinco de lasseis balas, que a continuación metió en un bolsillo. Estaba convencido de que, con este acto, despejaría todas las dudas que cualquiera pudiera plantearse respecto a cuáles habían sido sus intenciones.
Con la pistola en la mano, empezó a buscar papel y bolígrafo para escribir una nota de suicidio. Esto le llevó varios frustrantes minutos, puesto que tuvo que apartar sábanas, estrujar pañuelosy revolver corbatas y gemelos en un cajón de la cómoda. Finalmente, encontró una única hoja pautada que quedaba en un cuaderno de notas y un bolígrafo barato. «Muy bien —se dijo—, sea lo que sea lo que tengas que decir, tendrá que ser breve.»
Intentó pensar si necesitaba algo más y, mientras lo hacía, se detuvo ante el espejo para examinar su aspecto. No estaba mal. La camisa a cuadros quevestía estaba limpia, como el pantalón caqui, los calcetines y la ropa interior. Consideró si debía afeitarse y se frotó la mejilla con el reverso de la mano que sostenía el arma, sintiendo a contrapelo la barba incipiente, aunque al final decidió que no era necesario. Necesitaba un corte de pelo, pero se encogió de hombros mientras se mesaba su mata de cabello blanca. «No tengo tiempo», se dijo. Depronto, recordó que cuando era joven le habían comentado que el pelo de la gente continúa creciendo aun después de muerto. El pelo y las uñas. Era aquel tipo de información que se transmitía entre cuchicheos de un niño a otro con absoluta autoridad y que, invariablemente, conducía a historias de fantasmas contadas en habitaciones a oscuras entre murmullos. «Parte del problema de crecer y hacersemayor es que los mitos de la infancia desaparecen», pensó Simon Winter.
Se apartó del espejo y echó un rápido vistazo al dormitorio: la cama estaba hecha y no había ropa sucia amontonada en los rincones; sus lecturas nocturnas, novelas baratas de crímenes y relatos de aventuras, estaban apiladas junto a la mesilla de noche; aunque no estaba exactamente limpio, al menos estaba presentable,...
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