Lady halcon

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LADY HALCÓN
Joan D. Vinge

Título original: Ladyhawke
Traducción: Francisco Martín
© 1985 Warner Bros. Inc.
© 1986 Editorial Planeta S.A.
ISBN: 950-37-0181-3
Edición digital: Ada Lovelace

A «Billy y Duff»

CAPÍTULO UNO

El jinete negro esperaba al alba en la cima de la colina que dominaba la ciudad, como lo había hecho durante dos amaneceres sucesivos. El frío y el cansancio leimpulsaron a moverse en su montura mientras contemplaba los primeros fulgores y veía disiparse la niebla grisácea en el valle.
Al romper la niebla divisó las torres almenadas del castillo de Aquila, fugazmente doradas como una visión del paraíso. Esta contemplación provocó por un instante su nostalgia. Sólo por un instante. Sonrió entristecido por su impotencia a abandonar la esperanza de queaquella vigilia acabara algún día o de que se produjese un signo.
A sus pies surgían ya entre la niebla las otras partes de la vieja ciudad. Desde la época romana Aquila había sido una urbe próspera, que aún conservaba su antiguo nombre imperial que significaba águila, pero en la Edad Media se había atrincherado con sus casas apiñadas y sus sinuosas callejas entre austeras murallas de piedra, rodeadasde un foso de aguas negras e indolentes alimentadas por un río subterráneo.
Casi tan sombríos eran los campos que se extendían de puertas afuera de Aquila. Aquel año, tras un verano agobiante, casi sin lluvias, el otoño se anticipaba. También el año anterior había dejado mucho que desear. Ahora ya los campos habían rendido las pobres y escasas cosechas perdonadas por la sequía. Con lo recolectadoaquel año a duras penas se podía alimentar durante el invierno a sus ya de por sí hambrientos habitantes, aunque el obispo no hubiera aumentado nuevamente los impuestos para mantener colmados sus arcas y graneros. El espectro del hambre se cernía sobre las lúgubres calles de la ciudad; pero mientras gobernara el milite eclesiástico la gente pagaría y moriría de hambre.
Sólo la catedral, en elcentro de la ciudad, conservaba su etérea belleza a la luz del día. Los altos ventanales de vidrieras polícromas y los profusos gallardetes de seda transformaban los muros cubiertos de imágenes y sus techos abovedados en una visión paradisíaca: máxima aproximación terrena a la Gloria, de los fieles que acudían a la misa. El obispo les prometía recompensa en el otro mundo mientras él disfrutaba enéste de la suya.
Aquellos feligreses de rostros demacrados a la luz de las velas contemplaban impávidos el altar, resignados a sus plegarias. La música del órgano colmaba los espacios del templo hasta las bóvedas, escapando hacia las calles y llegando hasta el que velaba en la colina.
El obispo de Aquila, erguido ante aquel aparatoso altar con su figura grave y resplandeciente revestida de brocadoblanco, entonaba el Credo de la misa con voz aguda y monótona, más como una admonición que como promesa de redención. Los fieles musitaban las consabidas respuestas en latín, palabras vacías memorizadas por hábito. Si alguno hubiera osado mirarle cara a cara se habría sentido inquieto ante aquel contraste entre su boato vestimentario y la palidez enfermiza de sus rasgos angulosos. El prelado eraun hombre alto, de más que mediana edad, de rostro en el que se reflejaban las huellas de una vida desenfrenada y ojos vivos tan fríos e implacables como el hielo.
En aquel momento se volvía hacia los dos monaguillos que, a su lado, le presentaban un cáliz incrustado de piedras preciosas para que lo bendijera. Había dicho a los fíeles que era el Santo Grial y, a su juicio, tan bello era que podíahaberlo sido; tanto le había costado que debía haberlo sido. El obispo era persona que tenía en alta estima la belleza. Tendió la mano a los niños mirándose el anillo, una joya de oro puro, tan grande y pesado que sólo encajaba en el pulgar, en su sencilla montura llevaba engarzada una esmeralda perfecta del tamaño de una aceituna Sólo aquel anillo valía una pequeña fortuna, procedente, claro...
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