Lectura: "hombre en la inicial"

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  • Publicado : 21 de octubre de 2010
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| Hombre en la inicial |
Hasta hace unos años los libros fueron custodios de la fe y la ciencia. El cine y la televisión ya se habían apoderado del gran público, pero la reserva del saber seguía en las bibliotecas (las computadoras eran aún aparatos imprácticos, del tamaño de un Aula Magna). Ahora, la cibernética se ha apoderado del último bastión de la letra impresa. Es cierto que cadacomunidad religiosa conserva un libro, pero en calidad de talismán.
La infancia debería ser el terreno del encuentro con la lectura: sin embargo, al ver a Chepo y Yeyo, eminentes yuppies de 8 años, jugar a las tortugas ninja, cuesta trabajo concebir la alteración mental para que lleguen, ya no digamos al Quijote, sino a Asterix el Galo. ¿Qué prodigio hará que esos ávidos succionadores de Pepsilindrosapaguen el Nintendo y abran un libro?
Mi itinerario no fue menos arduo. Pasé una infancia sin otras ambiciones que ser el centro delantero del Necaxa o requinto de un grupo de rock. Los libros me resultaban tan amenazantes como la Biblia, la Constitución y otros tratados de castigos y recompensas que esperaba no conocer nunca.
En sexto de primaria tuve que debutar ante la literatura. La señoritaMuñiz decidió que ya estábamos en edad de merecer un clásico. Casi todos eligieron el Lazarillo de Tormes, por ser el más breve, y el matado de la clase volvió a caernos en el hígado al escoger un tedio de muchas páginas y título insondable: La Eneida. Unos días antes de este rito de iniciación había visto el Cid, la película con Charlton Heston y Sophia Loren. Las hazañas del campeador meentusiasmaron tanto que le pedí a mi abuela que me hiciera un traje de cruzado. En esa época los niños de Mixcoac mostraban su vocación épica disfrazándose de indios o vaqueros; a veces, algún desesperado se vestía de Superman. No necesito decir que mi aparición en la calle de Santander fue atroz: la cruz destinada a amedrentar moros y la cota de malla hecha con un mosquitero me dejaron en ridículo. Aunasí, Rodrigo Díaz de Vivar siguió siendo mi héroe secreto y ante la oferta de la señorita Muñiz no vacile en escoger el Cantar de Mío Cid. El encontronazo con los clásicos me dejo pasmado: era increíble que una película excelente se hubiera hecho de un guión tan malo.
Como tantos maestros, la señorita Muñiz pensaba que debíamos ingresar a la literatura por la puerta gótica. Hubiera sido mássensato empezar por Mark Twain, J.D. Salinger o algún crimen apropiadamente sangriento, y avanzar poco a poco hasta descubrir que también el Cantar de Mío Cid era materia viva. Como esto no ocurrió, pasé los siguientes años evitando todo contacto con la literatura. Salí de la secundaria con un récord de dos libros en mi haber. Uno en contra, otro a favor. Me sometí a la tiranía sentimental deCorazón, diario de un niño; me enjugaba las lágrimas, preguntándome si alguien leería eso por gusto (yo al menos estaba llorando para pasar Español). El segundo libro me cautivó como un sueño oscuro; durante semanas sólo pensé en el Capitán Hatteras y su arrebatado viaje al polo norte. La novela de Julio Verne era una inmejorable invitación a la literatura, pero algo me detuvo; la epopeya en el hielo seimpuso en mi imaginación como un cataclismo excesivo; salí del libro como quien sobrevive a un huracán.
Los momentos que cambian el curso de una vida son difíciles de rastrear. Muchos años después, ante el pelotón de fusilamiento o en el diván del psicoanalista, tratamos de otorgarle una lógica a los actos que no obedecieron sino a un profundo azar. Yo también he olvidado el nombre de la niñamaravillosa que en quince minutos de un recreo me describió la belleza del mundo y me embarró su gelatina en la cara. Sin embargo, como un raro privilegio de la memoria, recuerdo la tarde en que mi vida cobró forma en las páginas de un extraño autor sin apellido. José Agustín logró el rapto predilecto de los escritores; ganar a alguien para la literatura: el lector ideal es el que hasta ese...
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