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La búsqueda de las Indias Occidentales llevó al descubrimiento del último Occidente; más bien, quizás, del otro Occidente. Lo supo tarde Cristóbal Colón, y nosotros también lo sabemos tarde, o todavía no lo sabemos. La expresión "otro Occidente" es un oxímoron, una contradicción esencial, un par de nombres que no pueden ir juntos, que se repelen. Porque el Occidente, por definición o porautodefinición, es central, y el otro es todo lo que no le pertenece, todo lo que se encuentra fuera de sus límites. El latinoamericano, en consecuencia, por estar fuera del centro, en la periferia, en territorios marginales, es el excéntrico, el pariente colateral, el sobrino de Occidente. No es en ninguna circunstancia el hijo, el continuador legítimo o, por lo menos, natural de la tradición.
Locurioso es que el simple hecho de salir del centro, el desplazamiento geográfico, produce un efecto de marginación irresistible. El que llega a América, como en la mitología homérica del país de los lotófagos, olvida muy pronto su filiación europea, a menudo sin saberlo, y adquiere, para bien y para mal, la mirada de la periferia. América, la del Norte y la del Sur, está llena de europeos americanizadosque no se dan cuenta de que han experimentado esa transformación: alemanes del sur de Chile que creen sinceramente que hablan "alto alemán", cuando utilizan, en realidad, un idioma casi enteramente inventado; italianos de la "Pequeña Italia" de Nueva York y que hemos conocido en las películas de Hollywood; holandeses del Brasil; yugoslavos e ingleses del extremo sur del continente. Bruce Chatwin,en su libro En Patagonia, describió bien estas metamorfosis de los tiempos modernos. Un hacendado inglés de Tierra del Fuego en 1950, un ex coronel escocés del barrio de San Isidro de Lima en 1920, un capitán extremeño de la frontera de la Araucanía en el siglo XVIII, son apariciones nuevas en la historia, seres humanos de una especie diferente. No son colonizadores puros y simples. Ladialéctica tan manoseada y manipulada del imperialismo y el Tercer Mundo no los explica en forma suficiente. Para entenderlos, y para entender el fenómeno de América Latina en su conjunto, es necesario entender el proceso, ajeno a los esquemas ideológicos habituales, del conquistador conquistado.
Cristóbal Colón fue el primero de ellos, el primer latinoamericano. Es por eso que al regresar a Europa yanunca se adaptó del todo. Sus relaciones fueron escuchadas con asombro, con algo de admiración y con notable recelo. Ese hombre que creía haber llegado cerca del paraíso terrenal, que había visto sirenas y hombres con caras de perro, se hacía eminentemente
Sospechoso. Uno puede ser perdonado y hasta festejado si entrega esas fantasías con licencia poética, pero no si pretende darles un valortestimonial e incluso moral.
El nexo entre la palabra poética y la identidad latinoamericana se da de una manera sorprendente, instructiva, en los comienzos de la conquista de Chile. El Reino de Chile es el único territorio colonial donde se producen dos fenómenos opuestos y conectados: una verdadera y prolongada guerra entre nativos y conquistadores, un conjunto de poesía épica. Pues bien, el poetasoldado que llega de España, Alonso de Ercilla y Zúñiga, canta con apasionada exaltación, en octavas reales de solidez y de lujo renacentistas, las virtudes de los guerreros araucanos. Estará poco tiempo en el sur de Chile, dos o tres años, pero ese breve lapso marcará todo el resto de su vida. Continuará en España durante largo tiempo la escritura de La Araucana y Después será perseguido en la cortey hasta el final de sus días por García Hurtado de Mendoza, el jefe de su expedición y la "bestia negra" de su poema.
Pedro de Oña, el autor del gran poema épico de respuesta a Ercilla, Arauco domado, es el primer poeta criollo, nacido allá, en Angol de los Confines, y a la vez, paradójicamente, el primer creador de una leyenda negra de los indios. Los araucanos del texto suyo —octavas reales...
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