Leopoldo alas

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Leopoldo Alas "Clarín”

Leopoldo Alas y Ureña, conocido por su pseudónimo “Clarín” (pseudónimo que utilizó por primera vez en abril de 1875 para firmar un artículo en el periódico  El solfeo), nació en Zamora el 25 de abril de 1852 y falleció en Oviedo el 13 de junio de 1901, ciudad de la que procedía su familia, que la recordaba con cariño tras su traslado a Zamora por un ascenso profesionaldel padre. Con siete años comenzó a estudiar en León con los jesuitas, orden que le inculcó un fuerte sentimiento religioso y una gran disciplina moral, si bien su religiosidad evolucionaría con el tiempo hacia una constante lucha por el progreso cultural y moral del individuo y de la sociedad. Se licenció en Derecho en Madrid, donde comenzó a colaborar en diversas publicaciones literarias. Tras larevolución de 1868 comenzó a interesarse por la política, adoptando ideas republicanas que mantendría toda su vida. En Madrid se vio influido por las teorías krausista que propugnaban figuras como Francisco Giner de los Ríos y empezó a desarrollar su labor de crítico literario y filosófico, labor que se desarrolló a lo largo de su existencia como demuestran más de dos mil artículos filosóficos,políticos y literarios.

Obtuvo la cátedra de Derecho Romano en Oviedo, ciudad en la que permaneció ya hasta su muerte, y en la que se reflejaría Vetusta, ciudad protagonista de su obra cumbre,  La Regenta. Su obra más conocida es también su obra más polémica, con una marcada influencia del realismo y naturalismo vigente en Europa, una atención sobresaliente al detalle y un estudio fascinante desus personajes.

La Regenta
   

La heroica ciudad dormía la siesta.  El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, comomariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado alas esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.
Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar     -2-    zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en loalto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplandohoras y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso,inimitable en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.
Cuando en las...
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