Leyendas de morelia

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  • Publicado : 7 de junio de 2011
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LA MANO DE LA REJA
Calzada Fray Antonio de San Miguel
LA CALZADA DE GUADALUPE de Morelia es una obra monumental de los pasados siglos. Uno de los arcos del acueducto romano que condujo el agua en otro tiempo le sirve de pórtico. Dos filas de añosos y copados fresnos corren a lo largo de la calzada entrelazando sus frondas fingen una bóveda de verdor obscuro. De uno y otro lado banquetas decantería toscamente labradas sirven de asiento para tomar el fresco a la sombra en las horas calurosas. Más allá por ambos lados también se elevan mansiones señoriales, casasquintas coloniales envueltas en mantos de rosas. Le sirve de fondo el santuario de Guadalupe rodeado de cipreses y coronado con su torre y cúpula bizantina sobresaliendo por encima de un cerco de cipreses. Es tan espesa la bóvedaque forma el ramaje de los fresnos que cuesta trabajo al Sol atravesarla y cuando lo hace enriquece el ambiente con un tenue polvo de oro y el disparejo pavimento con manchas de luz y sombra que complacen el alma. El aire que allí se respira viene siempre perfumado con los más exquisitos aromas de las mosquetas y madreselvas que se cultivan en el vecino bosque de San Pedro. Los pajarillos queviven entre sus frondas alegran el oído con sus cantos jamás interrumpidos. !Cuán apacible es la vida de esa parte de Morelia! Principalmente durante las noches de luna en que todos los rumores se apagan, todos los cantos cesan y todas las vagas tristezas renacen a porfía. Del lado derecho, al empezar la fila de casas, hay una que llama desde luego la atención por su aspecto señorial y antiguo, porsus balcones labrados en piedra y por las rejas de sus sótanos. Tiene una huerta circuida de un muro encalado cubierto de manchones verdes de musgo y ennegrecido por la lluvia y el polvo. Por cima sobresalen los fresnos, los cedros y los cipreses envueltos en mantos de camelinas, rosas, campanillas. La algarabía que por la tarde forman allí las urracas de pecho amarillo, no tiene nombre. Parece unconcierto colosal de arpas que se desborda como cascada de sonidos delicados y penetrantes, formando al caer un río de sonora espuma.
En esa casa que moraba hace muchos años, muchisímos años un hidalgo tan noble como el Sol y tan pobre como la luna, sus abuelos allá en la madre patria, habían hospedado en su casa a don Carlos V y a don Felipe II, su padre había sido real trinchante, camarerosecreto y guardia de corps de don Felipe V, y él, últimamente había desempeñado en la corte un cargo de honor que, despertando las envidias primero y las iras después, de los privados y favoritos, había tenido que refugiarse en este rinconcito de la Nueva España que se llamó Valladolid, para ponerse a cubierto de unas y otras. Era don Juan Nuñez de Castro, hidalgo de esclarecido linaje y sangre másazul que la de muchos.
Vinieron con el de España, su esposa doña Margarita de Estrada y su hija única doña Leonor. Era doña Margarita, segunda esposa, como de cuarenta años, gruesa de cuerpo. Hablaba tan ronca como un sochantre. Su pupila azul parecía nadar en un fluido de luz gris dentro de un cerco de pestañas desteñidas. La nariz roja y curva como de guila le daba el aspecto de haber sido en sutiempo gitana de pura sangre. Era rabiosa, más que un perro y furibunda como pantera. Con el lujo desplegado en la corte arruino a su marido irremediablemente.Y hoy en día, casi expatriados, en un medio que no era el suyo, consumía los restos de su antiguo esplendor y riqueza.
Era doña Leonor, entenada de doña Margarita e hija de la primera esposa de don Juan. Su belleza era sólo comparable a lade la azucena, blanca como sus pétalos y rubia como los estigmas de sus estambres.
Su cabellera rubia le envolvía la cabeza como en un nimbo de oro. Su nariz recta y sonrosada. Su boca pequeña, roja como cacho de granada. Sus labios delgados y rojos que al plegarse para sonreír mostraban dos hileras de dientes diminutos y apretados como perlas en su concha. Sus pupilas azules como el cielo...
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